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El presidente ha optado por la “muerte cruzada”, un instrumento que establece la Constitución correísta para disolver la Asamblea Nacional y gobernar por decreto. Así terminaría el juicio entablado en su contra, que varios periodistas y políticos han afirmado que es el segundo juicio político en la historia del país, luego del de Martínez Mera en 1933. Pero eso, como muchas cosas que se repiten hasta que se convierten en verdades, es del todo falso. En realidad, este es el tercer juicio político a un jefe de estado.
Juan de Dios Martínez Mera se posesionó como presidente en 1932. En pocos meses, el Congreso Nacional, a propuesta del presidente de la Cámara de Diputados, José María Velasco Ibarra, le pidió la renuncia por haber sido electo con fraude electoral y por su política exterior. Como el presidente se negó a renunciar, el Congreso dio “voto de desconfianza” a su gabinete ministerial en masa. Martínez nombró otro gabinete y luego otros seis, pero el Congreso repitió el voto de desconfianza contra los sucesivos gabinetes, que duraban días, incluso horas, hasta que les caía el hachazo legislativo. Por fin, en octubre de 1933, el Senado destituyó a Martínez Mera.
En 1962, el diputado conservador Jorge Salvador Lara planteó juicio político y moción de destitución contra el presidente Carlos Julio Arosemena Monroy, arguyendo que sus inclinaciones alcohólicas atentaban contra la dignidad nacional. En una maratónica sesión del Congreso Pleno, por escaso margen, no se logró la mayoría para la destitución y Arosemena continuó en el poder. Varios diputados y senadores del propio bloque conservador no apoyaron la propuesta y salvaron al presidente.
Con la muerte cruzada, Lasso gobernará por unos meses con superpoderes. Pero tendrá que cumplir promesas electorales, que hasta ahora están pendientes, con bajísima aceptación ciudadana. La gran mayoría de la gente rechaza al gobierno, a la Asamblea, a todo el sistema político y judicial. De una u otra manera quiere que se vayan todos.