
Muchas democracias enfrentan la tentación de dejar de convencer a los ciudadanos y comenzar a controlar el escenario político.
En el Ecuador, durante los últimos años, la confrontación política parecía girar alrededor de dos grandes polos, mientras otros potenciales competidores quedaban desplazados. Así, de un lado, el correísmo; del otro, el noboísmo. Una polarización que, paradójicamente, resultaba funcional para ambos. Mientras uno alimentaba el discurso de la persecución, el otro encontraba en el rechazo al socialismo del siglo XXI una poderosa fuente de respaldo electoral.
Pero toda estrategia política puede cambiar. Últimamente parecería abrirse un escenario distinto. Diversos acontecimientos han llevado a que algunos sectores perciban que el objetivo ya no sería únicamente derrotar al principal adversario en las urnas, sino reducir progresivamente su capacidad de competir. Si esa percepción llegara a consolidarse, el Ecuador estaría transitando de la polarización a la tentación de la eliminación o por lo menos al consistente debilitamiento de adversarios.
La democracia no consiste simplemente en contar votos. Consiste, sobre todo, en preservar el derecho de los ciudadanos a decidir entre distintas alternativas, sean estas o no de nuestro agrado. Cuando desde el poder comienza a definirse quién puede representar una opción política y quién no, la competencia democrática inevitablemente pierde fuerza, incluso cuando las decisiones puedan encontrar forzosamente o no, sustentos jurídicos.
Nada de esto implica desconocer la responsabilidad histórica del correísmo. Su triste legado dejó profundas fracturas institucionales, sociales y económicas, fruto de una errada visión del Estado inspirada en el empobrecedor socialismo del siglo XXI, el mismo que, buena parte del país continúa rechazando.
Precisamente por ello, la mayor derrota para esa bandera política debería provenir de la evidencia y no de la exclusión; no de dificultar competir sino de convencer a la ciudadanía de que hay un camino superior.
Las ideas que perjudicaron al Ecuador deben ser derrotadas por otras mejores; los deshonestos y malos gobiernos, por gobiernos honestos y eficaces; la desconfianza, por resultados. Ese es el verdadero triunfo de una democracia sana y madura. Cuando un gobierno demuestra con hechos que administra mejor el Estado, el respaldo del elector llega orgánicamente por méritos y no por ausencia de alternativas.
Los gobiernos verdaderamente fuertes no necesitan reducir el espacio de sus adversarios. Necesitan ampliar el respaldo ciudadano en razón de resultados, transparencia y confianza. La esencia de una democracia no es únicamente el sufragio, sino también el pluralismo político, esto es, la existencia de alternativas reales para que el ciudadano pueda elegir.
Porque cuando un gobierno gana gracias a sus resultados, gana también la democracia. Pero cuando la victoria depende de que previamente los competidores se debiliten o desaparezcan, la verdadera derrotada no es la oposición, sino la libertad de elegir.