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Domingo 24 de noviembre 2019

El tema de la integridad moral al que me referí el anterior domingo trae cola y, a la luz de lo que ocurre en nuestro país, se convierte en un asunto de capital importancia. La integridad moral es condición “sine qua non” en cualquier sociedad democrática. Y, por supuesto, es una enorme pena tener que perder tanto tiempo, energías y sueños con semejantes pesadillas. La necesaria integridad no es un problema de políticos, sino de todos, pero ha de empezar por las instituciones.

Lo triste de la corrupción (generadora de tantas tragedias) es la pérdida de valores y el distanciamiento de la sociedad, asqueada y, al mismo tiempo, contaminada por la falta de ética reinante. No deja de ser curioso que, en medio del desabor en el que vivimos (dura se vuelve la vida para tantos compatriotas) nuestras grandes preocupaciones sean el aborto, el llamado matrimonio igualitario y la ideología de género…

Cuando veo la crónica roja (sangre, sudor y lágrimas), resulta que son muchos los que invocan el Código Penal, pero siento yo que lo que nos falta es un Código Ético que nos dé un poco de luz y de paz. Todos lo necesitamos y ojalá que se lo inyectaran en vena quienes ejercen cargos públicos. ¿Habrá que esperar años para discernir, juzgar y saber si un representante público actuó irregularmente para que deje el puesto?
Me ha resultado muy atractiva la opinión de Pedro Núñez Morgades (un ex diputado español) que dice que así como en los deportes hay tarjetas amarillas y rojas, de amonestación o expulsión, siempre ejecutivas, así mismo debería pasar en la vida social y política. A no pocos de nuestros áureos prohombres hace tiempo que había que haberles sacado tarjeta roja.

La legislatura avanza (me refiero al paso inexorable del tiempo) pero políticos, asambleístas y jueces lo hacen con exasperante lentitud. Cansado de esperar reformas y sentencias, me he preguntado muchas veces dónde estarán las raíces de nuestros males. Y siempre se me viene a la cabeza una idea que les comparto (una vez más). Muchos de nuestros males están en la mala educación que arrastramos desde la infancia. Hablo de la escuela y también de la familia. Y me pregunto si los modelos de escuela y de familia que estamos promoviendo van a solucionar algo o, más bien, van a agravar la situación… Bueno sería (muy bueno) que lográramos un pacto de defensa de la escuela y de la familia. Esa sí que sería una buena inversión de futuro. Decía Gabriela Mistral: “El futuro del niño es hoy, mañana puede ser tarde”. Una buena educación exige la transmisión de valores universales y éticos, una fe liberadora de tantos candados (cada vez ponemos más candados a la educación) que nos dé identidad y clara integración moral. Y eso se mama, sobre todo, en familia.

Se me acaba el espacio. Así que termino con las palabras de Pitágoras: “educad a los niños y no será necesario castigar a los hombres”.