Monseñor Julio Parrilla

La subsidiariedad

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Domingo 23 de agosto 2015

En su encuentro con la sociedad civil, en la iglesia de San Francisco, el Papa nos habló de subsidiariedad, un concepto amplio en el contexto social y político de la vida humana, que afecta a las personas, a las relaciones y a cualquier forma de organización.

Así, una acción subsidiaria es aquella que acompaña, alienta, contrasta o equilibra los límites del diario vivir. No se trata de suplir a nadie, sino de ayudar para que el otro o la sociedad puedan salir adelante.

En estos momentos de confrontación, es necesario recordar que la comunidad política se constituye para servir a la sociedad civil. Sería penoso y reduccionista acotar los análisis políticos del momento al hecho de la violencia callejera. Cierto que en un Estado democrático hasta las protestas tienen sus reglas y sus límites y la paz se convierte siempre en un objetivo prioritario. Policías y manifestantes forman parte del mismo pueblo y están obligados a ejercer un respeto civil y civilizado.

Pero el agua hay que ir a buscarla más arriba, allí donde se cuestiona el modelo de Estado y de participación ciudadana.
Hoy, en el área bolivariana, la tentación estatista es muy grande, hasta el punto de confundir la distinción entre comunidad política (partido, movimiento o revolución) y sociedad civil, hasta el punto de absorber a esta última en la esfera del Estado.

¿Será por la urgencia de construir un país que funcione, salga del atraso y garantice la equidad y la justa distribución de la riqueza? Puede que así sea… Pero las virtudes y las buenas intenciones, tanto personales cuanto políticas, no se imponen por real decreto, hurtando la razón, el diálogo o la consulta.
La acción subsidiaria del Estado exige algo más: formación, promoción y respeto. Solo así se superan las antinomias sociales y políticas, al tiempo que la tentación de resolver a pedradas o a palos las diferencias.

El hombre, como sujeto político, necesita ser formado, a fin de poder discernir, opinar y elegir. Y en política no hay formación más necesaria que la de la conciencia.

No se trata de que a todas horas nos digan lo que hay que hacer, decir o pensar (¡que pretensión tan inútil!). Formar al ciudadano es darle las herramientas para que, de forma crítica, sepa decir y decirse a sí mismo lo que piensa y quiere. Y, al mismo tiempo, ofrecerle los espacios de participación y de corresponsabilidad que le ayuden a ser él mismo.

Hoy, necesitamos promover estos espacios sin negar a nadie la posibilidad de ejercer su libertad de pensamiento, opinión y expresión. Se trata de promover un diálogo sin exclusiones, en el que todos tengan cabida, incluso para mostrar su propio límite.

Fuera de un contexto ético, pluralista y libre, la democracia fácilmente se prostituye… ¿Será posible, en este momento que atravesamos, respetarnos, dialogar y poder expresar nuestras opciones sin romper la baraja o sin rompernos el cráneo? Ojalá que el Estado sepa ejercer su papel de árbitro al servicio de una armonía incluyente.

jparrilla@elcomercio.org