Fabián Corral

La soledad del coronel

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Lunes 02 de septiembre 2019

Aparte del incomparable mosaico de imaginación, absurdos y nostalgias que es Cien Años de Soledad, antes de esa obra definitiva, y al tiempo de las primeras lecturas, me gustaron dos libros: La Hojarasca y El Coronel no tiene quien le escriba. Los leí cuando García Márquez era un escritor poco conocido, ni premio Nobel ni personaje, era un hombre con talento para evocar en el primer párrafo un pueblo recóndito o un personaje insólito, y para hacer de la novela la estampa viva de un instante. Fue un hombre con inusual talento literario. Él hizo posible que, desde el rincón cordillerano donde yo leía, sienta el calor, vea tras la ventana las mariposas amarillas y descubra cada recoveco de ese sitio distante, pero tangible, que fue para nosotros, en los ya lejanos años setenta, la Aracataca nativa.

Del coronel, me quedó la imagen de la soledad y la dignidad de su espera. Ese coronel sin nombre vivió en el mismo Macondo de Cien Años de Soledad, pero anterior a la novela famosa, ausentes aún los personajes que poblarían sus calles, sin los turcos vendiendo chucherías bajo los almendros, sin la barahúnda de la hojarasca que llegó después, sin Melquíades y su imán mágico.

El del coronel, según recuerdo, era el pueblo desolado que, de tiempo en tiempo, se llenaba con la algarabía de la gallera y la novedad del circo, pueblo hermano de tantos otros que hemos visto en los Andes, en los páramos y en los bajíos, el de la gente que espera, el de la noticia que jamás llega, el de los personajes que encarnan esa humanidad casi extinta: la que guarda la dignidad como tesoro.

El coronel, con su mujer enferma, el padre Ángel y los demás personajes del pueblo retratados casi en una palabra, vivió pendiente de la carta que nunca llegó con su precaria jubilación. Vivió aferrado a la esperanza, a la ilusión de su gallo de riña, porque él era un gallero terco, de esos chapados a la antigua, de esos de criar al ave en casa y darle de comer en la mano.

El coronel no tuvo nombre. Bastó su imagen evocada y no descrita, nacida de sus gestos y de la simpleza de la vida que quedó atrapada para siempre entre las palabras del cuento. El coronel no tuvo otro destino que esperar la carta que no llegó –otro viernes sin carta- y de ver la decadencia de su pueblo, la humildad de su espacio, el silencio de sus tardes. Le quedó el grado militar como la solitaria condecoración ganada en las guerras civiles de un país contradictorio, presuroso en los olvidos, tardío en las gratitudes, como son los nuestros.

Y el coronel del Macondo prehistórico me quedó a mí como un testimonio de innumerables vidas de viejos, como testimonio de la encrucijada de tantos pueblos, de esos que, como los coroneles de antiguas guerras, se van para siempre. Como también se fue el Gabo.