El secreto de Xi 

El gran sueño de Xi y de Noboa es alzarse con la Copa del Mundo.

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«Yo la ganaré por tí»—le dijo Noboa a Xi. Los dos secretamente sabían que querían ganar la Copa del Mundo. El chino andaba mosca. Tenía el sueño roto. Lo que pasa es que los chinos nunca lo dicen. Su selección no se pudo clasificar para este Mundial, y solo lo ha hecho una vez en toda la historia. Ahora, comparten mosqueo. Ecuador perdió. Pero el fútbol es religión. Siempre hay esperanza de salvación.

A nadie se le escapa que el pan y circo es el mayor bálsamo para adormecer problemas. El Presi lo sabe. Así que anunció el jueves pasado “apoyo extra” desde el Gobierno. La cerveza y otras bebidas de moderación bajarán más de un 20% durante el Mundial. Y además, como el fútbol es olvido, es ser mejor que el otro sin serlo, y vibrar desde lo más profundo, todo el mundo está pensando ya en Curazao y en las próximas bielas, hasta que la realidad nos recuerde que todavía nos aprietan los zapatos.   

Vini, vidi, vici

Cuando Xi llegó al poder, allá por el 2012, llegó, como todos los chinos, lleno de planes. El sueño chino contra el americano. Lo vió tan claro como César en el Reino del Ponto. Tan fácil, como llegar, ver, y vencer.  Se trataba de tres cosas. Clasificarse para el Mundial, organizarlo y ganarlo. Lo cierto es que China no ha pasado de la primera. No le ganó ni a Palestina. Y no ha comprendido todavía el perogrullo de que fútbol es fútbol, que decía Boskov.

Todos los sueños —y el americano y el chino lo son— necesitan figuras que los encarnen. Nada masajea más el ego de un país y de sus dirigentes que su presencia en la Copa del Mundo. Por eso los políticos siempre han buscado fotografiarse con las grandes estrellas del fútbol. Un campeón es la materialización de un sueño. Y un sueño es una nación.

El medallero

Los éxitos olímpicos de China no son el resultado de la improvisación. Desde los años noventa, el país ha desarrollado una estrategia orientada a maximizar su rendimiento en los Juegos, concentrando recursos en disciplinas que reparten numerosas medallas, requieren una fuerte especialización y cuentan con una competencia internacional relativamente limitada. Sin embargo, el fútbol parece inmune a esta lógica, y no obedece ni a los algoritmos ni a los planes quinquenales. Más perogrullo, pero de Trapattoni ahora: Los sueños son sueños y no hacen pecado, pero la realidad es otra cosa.

El santo árbitro

A Xi Jinping le van quedando pocos santos a los que encomendarse en materia futbolística. Así que, a falta de futbolistas, China estará representada por Ma Ning, un árbitro de 46 años, convertido para consolación, casi en una celebridad nacional. Y dado que reparte a diestro y siniestro tarjetas rojas y amarillas, como los colores de la bandera china, se lo ha apodado “Card Master”, o Maestro de las Tarjetas.

Parece poco botín, para quien soñaba ver ondear su bandera en las pantallas de medio mundo, junto a las mejores selecciones del planeta. Xi quiso estar donde estuvo nuestro Presi. Apoyando a su selección. Y no teniendo que viajar a Corea del Norte, la semana pasada, a pastorear a Kim Jong. No pudo ser. Ha habido otras ausencias notables en este campeonato. La de la madre Rusia. Y otras semitrágicas, como la de La Bella Italia, cuya ausencia también se está convirtiendo en un clásico.  

La Tri

La Tri partía con buen pie, pero pegarle muchas veces al palo, no termina necesariamente dando buena suerte. Franco, Caicedo y Pacho tendrán que fajarse de lo lindo contra los alemanes, si no quieren mosquear más al Presi. ¡¡Con el chino mosqueado, basta!!

José Félix Valdivieso, Director de IE China Observatory, autor del libro China para los nuevos bárbaros (Nola editores, junio 2024)