Sálvese quien pueda

De cómo nos gusta condimentar nuestros alimentos, por ser una especie terca.

Barcelona SC venció 3-0 a Orense en el estadio Monumental y terminó con una racha de seis fechas sin ganar en la LigaPro.
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El árbol de camellia sinensis lo pensó largo y tendido. Estaba harto de lidiar con pestes que venían a comerse sus hojas, así que, con mucho tiempo y esfuerzo, desarrolló una fórmula química con alcaloides y catequinas y las añadió a sus hojas siempre verdes. 

La fórmula tuvo un éxito rotundo en repeler a casi todo el mundo animal, salvo por una especie. Esta especie no solamente ignoró los efectos de estos químicos, sino que les cogió gusto. De ahí en adelante, al pobre arbusto — porque no le dejan crecer más alto — le arrancan las hojitas y proceden a secarlas, triturarlas, sumergirlas en agua hirviendo, y tomarse el brebaje con gran orgullo y una galletita. 

Es la hora del té, querido lector. Sírvase un palito de canela, una galleta de jengibre, o una masita anisada, y acompañe su taza de té — sea negro, blanco, rojo, verde, o si quiere le arrancamos otra hierbita; en el jardín hay manzanilla, cedrón, hierba luisa, y hasta guayusa — para esta charla amena. 

El Origen de las Especies Especias

Érase una vez, hace mucho, mucho tiempo, que las pepas de pimienta eran dinero. Tan preciado se había convertido el condimentar cosas insípidas, que esta minúscula fruta picante se aceptaba como forma de pago en Europa y el Medio Oriente. 

Mucho antes que eso ya había quedado establecido que en ciertos lugares del planeta — que en ese tiempo todavía era plano y andaba balanceado sobre tortugas y qué se yo — crecían unas plantas bien sabrosas. Estoy hablando, por supuesto, de la India, de donde se originan la mayoría de las especias que consumimos hoy en día, y donde la gente fue encontrando maneras de cultivar, cosechar, secar, y conservar los preciados condimentos

Cuenta la leyenda que la gente de la India desarrolló el gusto por condimentar su comida para disfrazar sabores y aromas de ingredientes que se estropeaban en el intenso calor del subcontinente. Al otro lado del mundo, los Europeos estaban congelados, viviendo de pan y queso. Es de esperarse que, al descubrir el sabor de un buen curry, los Europeos doblaron el mapamundi, y se apelotonaron en barcos rumbo a la India. Véase “descubrimiento” de América. 

El gusto de comer

Una cosa es encontrar sustento para no morirse, como hacen la gran mayoría de animalitos del planeta. Otra cosa es encontrar sustento, pelarlo, limpiarlo, secarlo al sol, frotarle plantas, fermentarlo, echarle pedacitos de raíces, picarlo, y servirlo con pan, para no morirse.

Lo que las plantas no habían considerado al crear la gran gama de defensas químicas que las protegen de todo tipo de animales, es la inacabable excentricidad de las bestias humanas. Matan una gallina, y aromatizan el cadáver con ramas de romero, un repelente de insectos. Rayan nuez moscada, un alucinógeno que viene dentro de una envoltura tóxica, sobre sus pasteles y galletas. Por si esto fuera poco, les encanta hacer todo sabor a menta, una planta de la que tantos mamíferos huyen. 

Desde que nace un bebé, se le va inculcando gustos de cosas que nos ha tomado, como especie, miles de generaciones domesticar, procesar y pulir para lograr los alimentos que conocemos hoy. Los pediatras en el Ecuador suelen recomendar que no se le condimente la comida a los bebés; que mejor no le ponga sal a las papillas, o azúcar, o cualquier otro condimento. Todo puede ser, querido doctor, pero hacer una papilla de manzana sin canela es, en mi humilde opinión, una magna irresponsabilidad. Es más, no hay nada a lo que yo no le pondría canela. 

En otras partes del mundo, como India, por ejemplo, los bebés aprenden a comer con condimentos desde una temprana edad, porque condimentar la comida es un requisito básico para cocinar cualquier cosa. 

El desarrollo de la gastronomía como arte nos sigue empujando a tratar de comernos cada vez más cosas. Esta semana tosté semillas de papaya y las añadí a una ensalada fresca. Son ricas en antioxidantes, aparentemente, y aunque protesten los árboles de papaya, su sabor picantito ha sido alhaja.