La ruta que crea prosperidad

La pobreza retrocede cuando las oportunidades se multiplican

Gavi (izq.) de España, tras ser agredido por Leandro Paredes de Argentina en la final del Mundial 2026.

La pobreza no ha sido derrotada por decreto ni por subsidios permanentes. La historia demuestra que las naciones que prosperan son las que aprendieron a crear riqueza.  En política y sobre todo en campaña, abundan las promesas para repartir riqueza, pero pocas explican la ruta para crearla. Entonces, ¿es el Estado el principal motor del desarrollo o son la libertad económica y la iniciativa privada? Las sociedades  prósperas no eligieron entre Estado o mercado; construyeron instituciones capaces de potenciar ambos.

Existe un denominador común entre los países que lideran los índices de prosperidad: seguridad jurídica, confianza en las instituciones, respeto a la propiedad privada, estabilidad monetaria, apertura al comercio y reglas estables para invertir, sin perjuicio de estímulos tributarios. Singapur, Suiza, Irlanda, Nueva Zelanda o Estonia poseen historias distintas, pero comparten un principio esencial: la confianza institucional incentiva la inversión, la inversión impulsa la productividad y la productividad crea empleo. Esa secuencia ha demostrado ser un  mecanismo eficaz para reducir la pobreza de manera sostenible.

En América Latina también hay enseñanzas. Durante años, desde la perspectiva económica, Chile protagonizó una reducción significativa  de pobreza frente a la región, gracias a un crecimiento sostenido y una economía abierta. Uruguay ha combinado estabilidad institucional con responsabilidad fiscal. Ambos casos muestran que la mejor política social comienza cuando la economía genera oportunidades antes que dependencia.

En contraste, Venezuela apostó por un Estado cada vez más grande, controles económicos, expropiaciones y subsidios crecientes. Lejos de producir bienestar, terminó destruyendo la inversión, el empleo y la capacidad productiva, provocando una crisis humanitaria y migratoria en el continente.

Por otro lado, Argentina ofrece hoy un laboratorio económico seguido atentamente por el mundo. Es temprano para emitir un juicio definitivo sobre sus resultados de largo plazo, pero pone sobre la mesa el debate sobre disciplina fiscal, libertad económica y crecimiento.

La historia ofrece otros ejemplos: Alemania Occidental prosperó mientras la Oriental permanecía rezagada bajo una economía planificada. Corea del Sur se convirtió en una economía avanzada e innovadora; Corea del Norte continúa atrapada en el aislamiento. Incluso China inició una importante reducción de pobreza cuando permitió que millones de chinos produjeran, emprendieran e invirtieran bajo mecanismos de mercado.

El destacado pensador, escritor e inversionista Ray Dalio aporta una reflexión que enriquece este debate. A su juicio, el verdadero crecimiento económico no proviene del aumento del gasto público, sino del incremento de la productividad. Para Dalio, la deuda no constituye un problema por sí misma; el verdadero interrogante es si financia activos capaces de fortalecer la productividad futura (infraestructura, innovación, educación, inversión productiva) o simplemente posterga los costos del presente al sostener burocracia, consumo o subsidios permanentes, hipotecando así a las generaciones futuras.

Dicha reflexión de Dalio resulta especialmente pertinente para América Latina. El desafío consiste en tener un Estado eficiente, inteligente y enfocado, capaz de garantizar seguridad, justicia independiente y educación de calidad, mientras crea condiciones para que el sector privado (interno y del exterior) invierta con tranquilidad y  genere empleo. Sin crecimiento económico, incluso las mejores políticas sociales terminan perdiendo sostenibilidad.

Entonces el análisis enfrenta dos modelos de desarrollo: uno que multiplica oportunidades mediante instituciones sólidas, productividad e inversión; y otro que privilegia la distribución de recursos sin fortalecer su generación. El primero facilita y estimula la iniciativa individual, convirtiendo al ciudadano en protagonista de su destino. El segundo corre el riesgo de transformarlo en dependiente del favor político.

La inversión responde a la confianza y no a los discursos. Y la confianza florece cuando hay reglas claras, instituciones serias y la certeza de que el esfuerzo individual será respetado.

La mejor política social, de lejos,  sigue siendo un empleo digno y productivo. Allí donde florecen la libertad económica, el Estado de derecho y la responsabilidad fiscal, la pobreza retrocede porque las oportunidades se multiplican. Quizá esa sea la lección más valiosa que la historia económica continúa recordándonos y que resulta poderosamente aleccionadora para el Ecuador.

Los países no salen de la pobreza porque sus gobiernos gasten más, sino porque sus ciudadanos, en Libertad, producen, innovan y emprenden más.