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Ridiculeces

El Diccionario de la Real Academia Española (DRAE) define al adjetivo ridículo como algo que por su rareza o extravagancia mueve o puede mover a risa. En la última de sus acepciones refiere a la situación ridícula en la que cae una persona.

En el habla popular hay un vocablo interesante: ‘chirincho’. Según el Diccionario de Ecuatorianismos, del académico Carlos Joaquín Córdova, proviene del quechua, chiri: frío (equivale a escalofrío). El gran escritor Ángel Felicísimo Rojas escribe esta palabra en el siguiente relato: “… del frío de la neblina, del viento agrio, del chirincho doloroso…”.

Vivimos tiempos en que las ridiculeces que protagonizan los que ostentan el poder parece que se multiplicaran a raudales. Con la Ley de Comunicación se sienten henchidos de gloria, vociferan, se sienten dueños exclusivos de la verdad.

Están convencidos que elaboraron un documento más importante que la Constitución o la Biblia. No se les puede decir nada porque saltan, reaccionan con desproporción. Tan ridículas son esas reacciones que un diputado llegó a decir que a la Ley se la estaba linchando.

Si esa rabieta fuera cierta, imagine a la Ley amarrada en un poste, ejecutada sin proceso y tumultuariamente por el populacho, a latigazos. No, señor legislador, el único linchamiento posible es el físico, a un documento no se lo puede linchar, se lo puede criticar porque fue redactado por personas que no son perfectas, que pueden equivocarse o ser ambiguas y contradictorias, tal cual resultó con la redacción final de ese cuerpo legal.

La Ley existe, fue aprobada con euforia, aplausos y vuelta al ruedo, pero algunos párrafos del texto son sencillamente inexplicables. La lengua de Cervantes es bella y se alimenta constantemente de neologismos, pero primero son evaluados por expertos antes de ser aceptados.

Aprecien por favor esta belleza: art. 10.3.h: “Evitar difundir, de forma positiva o ‘avalorativa’ las conductas irresponsables con el medio ambiente”. ¿Avalorativa? Lo más cercano a este terminajo es ‘avalista’, (persona que avala).

Sobre la regulación de los contenidos la intención es buena en cuanto a que los programas de televisión deben ser identificados con una letra para diferenciar los informativos, de entretenimiento, deportivos, etc. Pero a continuación señala que “los medios de comunicación tienen la obligación de clasificar todos los contenidos de su publicación o programación con criterios y parámetros jurídicos y técnicos”.

El genio que redactó esto ignoró la inteligencia de quienes leen los impresos o escuchan los medios audiovisuales. Creen que los ecuatorianos no somos capaces de diferenciar entre lo que es información o publicidad, entre noticias o una simple “cadenita” de esas que abundan y que a los que tienen TV no le queda más que ver. Cómo no sentir chirinchos por todo esto.

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