Renán Flores Jaramillo, memoria viva

Periodista, escritor y director de la Academia Ecuatoriana de la Lengua, Renán Flores Jaramillo dejó una obra marcada por la historia y la condición humana.

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Perfiles generosos dibujaban su figura, talla discreta. Llevaba una leve sonrisa, eco del silencio de un espíritu que ha hecho las paces con el tiempo. Renán Flores Jaramillo (Quito, 1926-2013) sostenía ya un pulso tembloroso con su enfermedad cuando convocó a Junta General de miembros numerarios a su casa, a fin de cumplir con sus deberes de director de la Academia Ecuatoriana de la Lengua, sin embargo, mantuvo la sesión con agudeza intelectual y tacto.

Ejerció el periodismo –desde los micrófonos de Radio Municipal hasta la corresponsalía de Prensa Iberoamericana, espacio donde salvaguardó las ediciones culturales–. Viajó a España donde residió 30 años; retornó al Ecuador, luego de obtener un doctorado en Salamanca y recibir notables reconocimientos por su periodismo.

Espejo de doble cara

Historia y narrativa son dos reconstrucciones seducidas por el tiempo. Las dos, a su modo, desentrañan el infortunio y la grandeza del destino humano, aunque siempre persisten las diferencias: la historia es un saber científico, la narrativa uno de ficción.

Historia y ficción se concilian en las novelas de Flores Jaramillo: Militaria, 1980; El sol vencido, 1982, y El oscuro oleaje de los días, 1991. Planeta publicó las dos primeras y la tercera editorial Verbum. La escritura de Flores Jaramillo se despoja de los excesos que puede acarrear el relato histórico, así como de los ornamentos del ingenio, habitando una llanura textual donde la palabra no busca deslumbrar, sino existir en un estado originario y desnudo. La febril dedicación a su oficio periodístico, en vez de fagocitarlo como en numerosos casos, le otorgó esa virtud.

La novela miente pero, mintiendo, desliza una verdad, que solo puede expresarse clandestinamente, por lo que no es. Los seres humanos somos cautivos de nuestro desasosiego –casi todos quisiéramos una vida distinta–. Para “amansar ese apetito” nacieron las ficciones. Ellas se escriben y se leen, y se ven y se observan a fin de poseer las vidas que no nos resignamos a no tener.

En el embrión de toda narración bulle una inconformidad, sin alejarse de nuestra humanidad; por eso novelas y cuentos nos conmueven, porque podemos contrastar nuestras vivencias con aquellas que suceden en sus páginas, por más alejados que se encuentren personajes y escenarios que discurren en sus tramas.

Parecería un sinsentido, pero muchas ocasiones los lectores nos encarnamos en personajes trágicos.

La novela nos miente, fantasea, ficciona. Nos introduce en otras vidas que nos hacen sentir vivos y humanos. Las novelas de Renán Flores Jaramillo asumen esa tarea. Nos aproximan a las situaciones y vivencias de su recreación de tiempos consumidos; nos cuentan mentiras bien contadas para renacer en verdades.

Las novelas de Flores Jaramillo surcan los meandros de la historia social y política del ser de nuestra América, atravesada por su crisis inveterada con señales de esperanza; en lo formal, muestran el estilo “leve y liviano” que demandaba Ítalo Calvino en sus Seis propuestas… divisa del periodismo de Renán que marcó su narrativa.

Militaria. Un viejo periodista y poeta vive el dolor sin fondo de un golpe de Estado. Vida y desvida. Amor. Pasión y desarraigo. Vaciamiento del ser. Descalor. Deshogar. Persecución. Moribundia. Resurrección. Las dictaduras –embozadas en constituciones donde viborea la megalomanía y el narcicismo del autócrata– de derechas o izquierdas encarnan una de las expresiones más siniestras de los seres humanos: su miserabilidad en todos sus rostros.

El sol vencido. El autor es minero de los orígenes de nuestra latinoamericanidad y cincelador de personajes que la forjaron de tal o cual manera: Colón, Atahualpa, Cortés, Pizarro, Simón Bolívar… Fusión de la cultura de nuestros pueblos ancestrales con la hispánica. Refundición de dos culturas. Historia y leyenda congregadas en un solo amasijo. Alusiones bíblicas. Sincretismo. El sol vencido y el naciente en un haz de rayos que incendian la noche de los tiempos.

El oscuro oleaje de los días. Brasil. La Tierra de la Santa Cruz con que la bautizó el conquistador. Un continente dentro de otro. La negritud africana –esclavitud– y los indígenas de ese inacabable, gigante y regio territorio. Los portugueses cristianos con la cruz como emblema de su paso conquistador. Una pareja con quince años de unión está de vacaciones. Brasil y sus favelas. Mitos y ritos. Erotismo y sensualidad. El aluvión africano mimetizando sus signos: macumba, vudú, santería… de los cuales jamás han abdicado. Música tumultuosa y vivificante.

Después de releer la obra de Renán Flores Jaramillo, nos queda una sensación de rugosa, espléndida, evocadora y desbordante sensación de vida.