Fabián Corral

¿Reescribir la historia?

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Lunes 23 de enero 2012
23 de January de 2012 00:02

La tentación de reescribir la historia, cambiar el pasado y modificar la cultura es irresistible vocación del poder. De ese modo, la ideología se acomoda y adquiere prestigio casi sagrado, los nuevos caudillos parecen hijos de los antiguos y, además, se “cumplen” los anuncios de esas pitonisas que, a título de intelectuales revolucionarios, buscan ocupación y oficio acomodando los hechos a los designios del último jefe.

El ejemplo más notable de estos tiempos es el del Régimen venezolano, que no dudó en hacer de Simón Bolívar un socialista del siglo XXI, que no dudó en escarbar entre los huesos del prócer, y que no ha tenido reparo en desnaturalizar el discurso y las tesis del Libertador. En ese caso, la idea es hacer del gran personaje americano una especie de pupilo del chavecismo, de hijo de la revolución petrolera y de pariente ideológico del dictador cubano. A esos extremos llega el afán de dotarle de raíces, y de nombre, a la explosión populista que inunda a América Latina. Así, el novísimo fundamentalismo que aqueja al continente, por arte de manipulación y propaganda, resulta descendiente directo de las más importantes gestas nacionales. Y así, los de ahora se codean con los padres de las patrias, y se tratan con ellos en asombrosa igualdad de condiciones.

Los argentinos, a la sombra del justicialismo remozado de doña Cristina Fernández, andan también en el afán de reescribir su historia, endiosar aún más a Perón y hacer de sus caudillos provinciales los adelantados del socialismo de nuevo cuño, olvidando que muchos de ellos fueron gauchos terratenientes, que defendían un federalismo radical y un espacio de autonomía absoluto, que aseguraba su poder agrario.

Por acá, el tema de Alfaro está alborotando la memoria y la tradicional tranquilidad de historiadores y aficionados. El general, a los cien años de su trágica muerte, en lugar de ser entendido en la dimensión de su tiempo, se está convirtiendo también en argumento para reescribir la historia, para contarla en perspectiva electoral, y hasta para que alguna funcionaria proponga modificar los hechos mediante sondeo popular, en un episodio casi novelesco del “democratismo” más extremo y pintoresco.

El riesgo está en que en Venezuela, Ecuador o Argentina, los presurosos afanes de “rescatar a las figuras nacionales”, transformen a los personajes históricos, a las gestas y derrotas, que son nuestras, en precarios asuntos de propaganda electoral, en patrimonio de algún transitorio movimiento, o en el argumento de sopts televisivos de dudosa factura.

Lo más grave sería que nos escriban otra historia, inspirada en las cargas ideológicas actuales, contaminada de los discursos, mediatizada por las disputas. Lo grave es que nos quedemos sin personajes y sin historia. Es decir, que nos expropien la memoria.