Gonzalo Ruiz Álvarez

Quito libre, otra vez

Quito lleva la esencia de la nación multicolor, diversa, enriquecida por el sincretismo religioso y cultural de años de historia. Quito es altiva, lucha siempre por su condición libre.

Quito lleva en sus quebradas, en las faldas del volcán Pichincha, gigante testigo de años de historia, la planicie de su vieja laguna, el vuelo de la paloma Kitu que lo simboliza y da nombre, la fortaleza montañosa que la rodea y se expansión hacia los valles.

En Quito late la vena pasional del antiguo tianguis, capital de los señoríos indígenas. Quito fue inca por la conquista del Tahuantinsuyo, ciudad española con la colonia.

El mestizaje la marca. La negación de sus orígenes y la fusión de sus culturas es el desconocimiento a la realidad que la enriquece. Aquel sincretismo religioso de sus creencias ancestrales urdidas con el misticismo que llegó de Europa alumbró, gracias al talento de los talladores y artistas de la tierra, la más bella creación de arte colonial y su partida de nacimiento: la Escuela Quiteña.

En un puño, en torno a la plaza mayor, donde el Palacio de Gobierno se construyó sobre piedras incas, crecieron como legado los templos que la hicieron merecedora del título de patrimonio Cultural de la Humanidad. Esta es la muy noble y muy leal, por sus títulos de los antiguos habitantes y de los nuevos vecinos que emergieron desde su capacidad de lucha y su naturaleza indómita, ese carácter que en su tiempo le llevó a librar gestas por su libertad. Luz de América, primero, la batalla final por la libertad, luego, la cuna de la nacionalidad, aquel antiguo país de Quito que pasó a llamarse Ecuador.

En Quito, como en Perú, Colombia, Venezuela y la Nueva España en México, el mestizaje rindió culto al toro bravo y la fiesta que vino de Iberia se hizo mestiza y se arraigó.

Pero la vida dio vueltas y el Quito eterno de gestas y victorias se sumió en el albañal del desobligo. Las nubes de las hogueras de un levantamiento la tomó e intentó destruir. Antes, el tejemaneje de la política rastrera la vendió al mejor postor – al peor postor -. Sus enemigos se encarnizaron en la repartija del poder y sus ilustres defensores, o quienes pudieron haberlo sido se atomizaron en la pequeña visión de su ego y dejaron tierra fértil para que la malahierba crezca.

Quito perdió su luz. El liderazgo vital de la patria se ausentó y la cobardía se escondió bajo la mesa aguardando que el cuarto de hora le permita concretar su siniestra asechanza. Y toda la luz se fue evanesciendo.

La ciudad, cubierta por la peste, está desordenada. Triste. las cortinas de metal son pintadas de graffitis que hablan del deterioro y la crisis. El tráfico sumido en el caos no tiene remedio y la obra del Metro enterrada reclama encender las locomotoras para servir a los vecinos y llevarlos lejos. Pero la mezquindad y algún interés perverso no dan paso al sistema de transporte moderno que facilite la vida. La gente viaja en destartalados buses brincando en los baches de una ciudad arruinada, donde los malhechores son reyezuelos y los corruptos hicieron sus pequeñas fortunas. ¡Fuera! Quito merece ser luz otra vez. La historia nos reclama.