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Proust: en búsqueda de mi tiempo perdido

Ni siquiera he llegado a la mitad del primer tomo de la monumental e intimidante obra como para llamarme proustiana consumada, ni siquiera alcanzo a ser la lectora prolija y aplicada que ha repletado su libro de notas paralelas para no olvidar la identidad del personaje du jour. Y sin embargo hoy me aventuro a escribir unas líneas sobre las magdalenas, el té y la evocación de la memoria perdida, a modo de primeras impresiones, de trazos indefinidos de una neófita lectora del monstruo literario que fue Proust.

Confieso que por muchos años anduve postergando y evadiendo su lectura por el temor intrínseco que genera una obra de siete tomos con 500 páginas por libro; pero esta elaboración literaria sobre la persistencia de la memoria se me cruzaba una y otra vez en mis lecturas y sabía que tarde o temprano tendría que subirme al tren del lado de Swann y hacer el trayecto que me correspondía. Hasta que llegó el día D -por la real envergadura de la tarea- en que decidí no correrle más y enfrentarme al coloso con valentía y perseverancia, para entender por qué esta obra del tamaño de una catedral había sentado las bases para la literatura moderna.

Y es que Proust, él mismo, es un personaje literario, que cabría perfectamente en alguna de las obras contemporáneas de Vila-Matas con su obsesión por los escritores o los editores que a su vez padecían fijaciones literarias, por su disfuncionalidad como homosexual de clóset, hipocondríaco y enfermo que vivía postrado en una cama escribiendo minúsculas notas que luego se tachaban, se volvían a escribir y luego tras veinte borrones más, se escribían de nuevo.

Tanta construcción literaria hay en la obra misma, como en la vida del autor, que se dedicó por entero a ella, intercalando días y noches enteros de cama con su papel y lápiz en mano, junto con paseos a ver el mundo que le cautivaba y al que con devoción inigualable describió con la minuciosidad y prolijidad de un reloj suizo.

Ninguna sensación de olor, sabor o sentimiento real o intuido escapa del recuento de los días en Combray. Se huelen las flores y los troncos caídos. Se oye el cocinar de los guisos y se distingue la textura de los tapices. Es una aventura andar por los caminos con la mirada atenta del narrador a quien nada se le escurre mientras construye su propia identidad.

Leer a Monsieur Proust es obligarse a recuperar la memoria por encima del olvido. Es perseverar en los evocativos profundos, que día a día nos devuelven al cuento de los días radiantes de nuestra infancia. Es quedarse -en mi caso- en el olor particular de la primavera anglosajona, e ir a nadar en el mismo lago cristalino que cuando tenía 13 años. Es pespuntear con precisión al padre y a la madre…

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