El privilegio de escribir

Escribir es un privilegio y un acto de responsabilidad cuando cada palabra está avalada por la conciencia de quien la escribe.

Hay columnas que nacen con facilidad y otras que cuesta empezar. Esta pertenece a las segundas. Después de muchos años de encontrarme semanalmente con ustedes – amables lectores – desde estas páginas, ha llegado para mí el momento de cerrar un ciclo como columnista de El Comercio.

No es fácil despedirse de un espacio que, con el tiempo, terminó formando parte de mi vida. Llegué a estas páginas gracias a la confianza de quien tuvo la generosidad de abrirme las puertas del diario, me refiero a Carlos Mantilla B. Comencé escribiendo con una periodicidad espaciada. Con los meses y años llegaron nuevas oportunidades, mayor frecuencia y, finalmente, el privilegio y la responsabilidad de ocupar este espacio los días  domingos.

Cada paso significó una nueva expresión de confianza que nunca dejé de valorar y agradecer. Pero existe algo que agradezco de manera especial a El Comercio: la Libertad. Sí, durante todos estos años pude escoger los temas, desarrollar los argumentos, expresar mis opiniones y defender aquello en lo que creo, sin recibir jamás directrices ni condicionamientos sobre lo que debía pensar o escribir. Naturalmente, siempre dentro de las coincidencias de la línea editorial del diario, propias de un medio serio y responsable.

Puede parecer algo normal. No siempre lo es. La libertad de expresión se defiende con palabras, pero fundamentalmente se demuestra ejerciéndola con los hechos. Un periódico que permite a sus columnistas pensar y expresarse con independencia no solamente habla de libertad: la practica, y eso habla muy bien del medio. Esa pulcritud editorial constituye un privilegio que puede recibir con humildad quien escribe opinión.

También hubo tiempos difíciles. El Comercio, como tantas instituciones, atravesó circunstancias complejas, transformaciones profundas y momentos de incertidumbre. En aquellos momentos sentí que precisamente correspondía permanecer. Era mi manera de agradecer la confianza que el periódico había depositado en mí y acompañar a una institución con la que había construido un vínculo que trascendía la publicación de una columna semanal. Hoy miro aquella decisión con especial satisfacción. Por eso me resulta particularmente grato cerrar este ciclo cuando percibo a El Comercio transitando nuevamente por un camino de recuperación y fortalecimiento. Es propicio reconocer en ello la valiosa gestión de su director, Marcos Vaca Morales, y del equipo que lo acompaña. Ver al diario recuperar impulso después de momentos particularmente complejos constituye una buena noticia para quienes hemos formado parte de sus páginas y, sobre todo, para el periodismo ecuatoriano.

Los años han transcurrido. Cambió el país, los gobiernos, la política, nuestras preocupaciones y hasta la manera de informarnos. Pero algo permaneció invariable cada vez que me senté frente al teclado: saber que detrás de cada columna había alguien dispuesto a brindarme unos minutos de su valioso tiempo. Por eso mi principal agradecimiento es para ustedes: los lectores. A quienes coincidieron conmigo y también a quienes discreparon. A quienes compartieron alguna columna y a quienes la cuestionaron. A quienes alguna vez me escribieron para comentar  una idea, aportar un argumento o sencillamente para saludarme.

Nunca entendí una columna de opinión como un púlpito desde el cual impartir verdades o como una trinchera para combatir personas en vez de ideas. Preferí entenderla como  un valioso espacio de reflexión para pensar con serenidad, alejado de las simpatías o antipatías personales, pero directo y profundo en el análisis de la esencia de los temas, principalmente aquellos de orden político. Seguramente acerté algunas veces y me equivoqué otras. Procuré, eso sí, escribir siempre con independencia, responsabilidad y convicción.

Mi gratitud se extiende naturalmente a los directivos, editores y colaboradores de El Comercio, actuales y pasados, que hicieron posible esta larga etapa. Y permítanme una mención especial a Jenny Martínez, quien durante tantos años coordinó mis colaboraciones con extraordinario profesionalismo, diligencia y cordialidad. Gracias, Jenny, por su permanente  generosidad.

Me llevo los mejores recuerdos y un profundo reconocimiento hacia una institución que ocupa  un lugar importante en mi trayectoria como columnista. Los ciclos, sin embargo, tienen su tiempo. Saber comenzarlos es importante; y saber concluirlos también. Hoy siento que ha llegado el momento de emprender un nuevo camino. Lo hago con ilusión por lo que vendrá, pero, sobre todo, con gratitud por lo vivido. Porque abrir una nueva etapa jamás debería significar desconocer aquella que nos permitió llegar hasta aquí.

Después de tantos años, uno comprende que el verdadero privilegio de escribir no consiste simplemente en tener un espacio donde hacerlo, sino en encontrar a alguien dispuesto a leer. Ese ha sido mi mayor privilegio. Porque un columnista puede tener opiniones, pero son los lectores quienes les conceden vida pública. Sin lectores, las letras se vuelven invisibles, pierden sentido.

Si alguna de estas columnas consiguió que un lector se detuviera alguna vez a reflexionar -incluso para concluir que yo estaba equivocado-, entonces todos estos años frente al teclado habrán valido la pena.

Me despido de estas páginas profundamente agradecido. No quisiera, sin embargo, utilizar la palabra adiós. La vida tiene la maravillosa costumbre de volver a cruzar caminos y quienes escribimos sabemos que las letras siempre terminan encontrándonos.

Muchas gracias, El Comercio. Muchas gracias, queridos lectores.

Hasta pronto.