El prado o el llamado de la tierra

El prado retrata la lucha de un anciano por defender su tierra frente al progreso, en una historia sobre identidad, honor y resistencia.

Washington Herrera, Columnista

El viejo viste un abrigo tan añoso como el sombrero que protege su cabeza y el cayado que guía sus pasos de certeza inquebrantable. Tallado en esa tierra áspera que pretenden arrebatarle, va de un lado a otro bregando contra los portadores del “progreso”: la viuda que posee los títulos de propiedad; el joven dispuesto a comprarla; el cura cómplice, y un grupúsculo de coterráneos que oscila entre adherirse a su causa o a los posibles nuevos dueños.

El pueblo es brumoso, hosco, triste, y sus habitantes son sobrevivientes de revueltas, persecuciones y muertes. Viven hundidos en la pobreza y por las noches beben whisky barato en la taberna que rezuma olor a encierro y soledades.

“Hay demasiados salvadores en mi cruz”

Cuando entra el viejo con su estampa bíblica –pelo y barba blancos pintados por las nieves de la comarca–, todos callan; saben que hace rato dejó su nombre y asumió aquel con el que lo bautizó la tierra: el Toro McCabe. Con él no hay perdón, salvo su inmancillable código de honor.

Su padre y él solos en la playa de cara al cielo; es uno de los escasos recuerdos de la desolada infancia del Toro. El padre le cuenta que su madre se ha ido al cielo y que ahora son dos hombres solos, y le pide que vaya a buscar un cura.

En vez de cumplir con el encargo, el hijo le dice: “Primero traigamos el heno”… El padre llora de orgullo: su hijo defenderá su tierra –y de sus ancestros desvanecidos en el tiempo– con la misma unción y coraje que él lo había hecho. “Si crees que voy a encontrarme con mi madre sea en el cielo o en el infierno sin estas tierras, estás equivocado”, sella el hijo, que se siente, desde esos años, dueño único de ese campo que carece de horizonte.

El prado, 1990, es una obra maestra del director Jim Sheridan (Mi pie izquierdo, 1989, En el nombre del padre, 1993, entre otras). Es la película más íntima, la que recorre sus intersticios y los del ruralismo irlandés fecundado por la tierra y conmocionado por el fanatismo religioso. El viejo patriarca Toro McCabe (Richard Harris, Irlanda 1930-2002) defiende su prado que es suyo por derecho propio.

Obcecado, impetuoso, trágico, el Toro no ha pasado palabra con su esposa y madre de su hijo sobreviviente durante años. La ignora; no existe para él. Sin embargo, cuando requiere su último impulso, ella está presta a dárselo. El patriarca vive rumiando la muerte de su otro hijo y la flojera del que le queda. Volver a la tierra para salvarla de subastas y argucias legales es lo que lo mantiene enhiesto y poderoso.

Detrás de él, contumaz como el campo que ahora es de él, van su hijo –quien será su heredero– y su fiel amigo y confidente Bird O’Donell (John Hurt, Reino Unido, 1940-2017). Excéntrico y adulador, O’Donell lleva y trae cuentos y chismes del pueblo que deposita en los oídos del Toro. Es el único que puede hacerlo sin que el patriarca brame y embista con su bastón. O’Donell es un personaje marginal, pequeño y asustadizo, listo a desafiar a su propio amo para probar su lealtad.

El hijo del Toro, Sean Bean (Reino Unido, 1959), trata de estar a la altura del padre sin importarle las tierras soñadas por él hasta el desvarío. Prefiere el amor de una gitana y defender el ganado del patriarca con su vida cuando se cerciora de esa tragedia. O, máximo, mofarse de la viuda junto a Bird, jugándole malas pasadas.

El final mana de los acantilados, el mar y los roquedales: distancia y disturbio del alma del pueblo irlandés, abordaje de una búsqueda sin límites, tiempo congelado. El Toro, después de alucinaciones, extravíos y muertes, desafía al mar, retándolo, colmado de rabia y dolor por la previsible derrota que supone el cambio que acarrea el “progreso”. Las voraces aguas del mar se precipitan para llevarlo hasta el fondo.

El prado gira alrededor del imponente paisaje y la soberbia actuación de Richard Harris. Dipsómano, irascible, pendenciero, libertino errante, defendió a ultranza su singular esencia. Se le negaron óscares y preseas que, a lo mejor, no hubiera aceptado.

Llevó un volcán en su pecho, dispuesto a llamear y arrasar. Fue un notable cantante y poeta, por cuya palabra lo tildaron de blasfemo. Su libro Yo, en la pertenencia de mis días, 1973, es una acerba y cáustica crítica a los fundamentalismos. Los dogmas llevan a la violencia y al despojo de la identidad del ser humano. Católicos y protestantes fueron enemigos que gestaron el conflicto norirlandés. Contra ellos Harris propone su oración, condena y rebelión:

“Hay demasiados salvadores en mi cruz,/ derramando su sangre para inundar mi urna con sus/ propios intereses,/ ¿Quién te puso ahí?/ ¿Quién te dijo que ese era tu lugar?…/ Me llevas desnudo en tu corazón/ y me vistes con armadura/ clamando: ‘Dios está de nuestro lado’, pero yo clamo:/ ¿Quién está del mío?/ ¿Quién, dime, quién?”