Fecha de publicación:
Fecha de modificación:
Nunca es tarde para recordar la propuesta de Benjamín Carrión, en sus famosas Cartas, en las que sugirió que el Ecuador no será una fuerza militar, pero sí una potencia cultural. Su pensamiento surgió a raíz de la guerra con el Perú, que cercenó más de la mitad de nuestro territorio, en 1941.
La cultura es un poder blando. El concepto de poder blando es tan antiguo como la humanidad, y lo utilizaban los romanos y otras civilizaciones para influir en otros pueblos por medios no coercitivos. El hecho de emplear una lengua como el español para escribir este artículo, prueba la influencia que los ibéricos tuvieron en América.
El término fue acuñado por Joseph Nye, politólogo de la Universidad de Harvard, en su libro “Bound to lead: the changing nature of American Power”. Nye planteó que Estados Unidos debían mantener su influencia en el mundo, después de la II Guerra Mundial, reduciendo la necesidad de su presencia armada. Identificó tres pilares básicos del poder blando: los valores políticos (la democracia), la cultura y las relaciones internacionales.
Los poderes blandos se instalaron en el mundo, a través de diversas manifestaciones culturales impulsadas por los medios de comunicación, las industrias culturales: la radio, el cine, la televisión y las tecnologías. Así, la hegemonía de postguerra no solo fue militar o duro, sino cultural o blando, este último menos tangible que el duro.
Estas miradas tienen, de hecho, componentes ideológicos. “Para leer al Pato Donald” es un ensayo crítico en el que Ariel Dorfman y Armand Mattelart analizan las historietas de Disney como vehículos de la ideología capitalista y propaganda cultural, al mostrar cómo representan el trabajo, la competencia, el Tercer Mundo y los roles sociales.
Este libro influyó en varias generaciones. Expresa que en el mundo de Donald nadie produce: solo se compra, vende o encuentra tesoros. Esto naturaliza la riqueza sin trabajo y oculta el conflicto de clases. Los personajes actúan por interés personal; la solidaridad casi no existe. La movilidad social depende de la suerte, no del esfuerzo.
En los cómics -dicen sus autores- no hay padres ni hijos, solo tíos y sobrinos. Esto elimina jerarquías familiares y deja como única jerarquía el dinero. Los países periféricos aparecen caricaturizados como ingenuos o incapaces de administrar su riqueza. Donald y sus sobrinos llegan desde el “centro” a extraer recursos o enseñar. Los personajes femeninos suelen ser decorativos y las relaciones entre tíos y sobrinos reproducen jerarquías autoritarias.
En la otra orilla, la imagen del Che Guevara estigmatizó la revolución en expresiones de rebeldía, estampados en camisetas, eslóganes, grafitis y tatuajes mediante mensajes ambiguos que combinaron, curiosamente, el Pato Donald -representante del Tío Sam- con el Che -representante de la izquierda-. Estas tendencias siguen siendo referentes simbólicos de una sociedad que transmite mensajes aparentemente inocentes, pero que insertan visiones del mundo y relaciones de poder.
Los poderes blandos existen, y hay que decodificarlos con pensamiento crítico. Los tiempos han cambiado. La era de los algoritmos y las redes sociales exigen elevar los niveles de conciencia. Un diálogo de saberes sobre estos temas es necesario plantear con los niños y jóvenes para que ellos saquen sus propias conclusiones. Y que el pensamiento de Benjamín Carrión no quede en la retórica.