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Expiraban los 60 del siglo XX. Tiempo de transiciones convulsas e impredecibles. Un crujido estentóreo atravesaba el mundo por los sucesos históricos ocurridos. La caída del coloso en Vietnam. El poder, por omnipotente que fuere, es espejismo que se desvanece ante el devenir del tiempo.
Quiebra de un supuesto consenso interno. La crisis de los misiles en Cuba, activadora de un inminente colapso nuclear. África y su descolonización. La Revolución de los derechos civiles y la segunda ola feminista. El Mayo francés y la primavera de Praga. La contracultura y el hippismo y el naufragio de sus utopías en el LSD…
En este crispado entorno se estrenó El graduado, película dirigida por Mike Nichols. Su protagonista, Dustin Hoffman encarna a un joven estudiante. Desgarbado, menudo y leve, se contrapone a los dioses de Hollywood. Arquetipo del antihéroe deviene en emblema de una juventud perdida frente al descalabro del “sueño americano”.
Perros de paja, 1971. Al matemático David (Dustin Hoffman) y a su compañera Amy (Susan George) les aturde el estrépito urbano y deciden trasladarse a un lugar silencioso para compartir en paz su unión. El padre de Amy ha muerto y ella siente el llamado de rescatar la memoria, mientras David ve en el campo el entorno ideal para su trabajo.
Instalados en un pueblo de donde Amy es originaria, empieza el fragor que cruza la cinta. La pareja no puede ocultar su apariencia burguesa. La cuadrilla de trabajadores son lugareños pobres de modales bruscos; encubren con torpeza su resentimiento cultural. Cuadrilla y pareja no son solo personas, son dos mundos en incesante colisión.
David vive absorbido por sus estudios, rehúye la cercanía con su compañera. El aislamiento de Amy no brota de la tragedia, sino de la tenue y apática intrascendencia de los días rutinarios. La violación de Amy es una de las secuencias más devastadoras y controvertidas del cine.
Magnetismo sombrío donde la masculinidad herida y la hostilidad del paisaje se refunden, convirtiendo la lujuria en ímpetu de demolición. La amargura se esparce como ácido sobre la belleza ajena. El fuego del rencor se yergue como rebelión del impotente que profana aquello que nunca será de él.
Janice (Sally Thomsett) es una adolescente que corteja con audacia a Henry, un hombretón manso que adolece de discapacidad intelectual. Durante un festejo comunitario, la joven aleja a Henry y busca un sitio para estar con él. Al escuchar ruidos, el hombretón asfixia a Janice sin intención de dañarla. Escapando de la tragedia, corre y agita los brazos suplicando al viento que aligere su paso.
David atropella a Henry Niles y lo lleva a su casa para socorrerlo. Enterados en el pueblo de que el supuesto homicida está en casa de los Sumner, un grupo de pobladores se torna en horda que avanza como una tormenta destructiva.
La risa estridente de uno de los asediadores resuena como el silbido de la muerte. Iracundos, frenéticos, los vengadores destrozan y queman cuanto les impide su ingreso a la casona. Piden la entrega del refugiado.
David, pacifista confeso, transpira, vacila. Amy lo tilda de cobarde. Astillas de furia repiquetean en las ventanas, en las puertas, en los resquicios de la casa.
El trabajador contratado para desratizar la propiedad sabe cómo seducirlas. Toma una de ellas y la suelta donde está Amy para verla brincar de susto.
Ocurre entonces la metamorfosis de David en un ser desalmado, enajenado, tembloroso, pero con una idea fija en su cabeza: no ser desalojado de su casa, usa cepos para osos o aceite hirviente para aniquilar a la horda enemiga. Es la indocilidad del ser para abrir el cerrojo de la muerte. La ira del débil que bracea en un mar de miedo por su sobrevivencia.
Apaciguada la tormenta, David va a dejar en su auto al grandulón Niles. “No sé cómo volver a casa”, le confiesa a su salvador. David le responde: “No importa, yo tampoco sé cómo llegar a la mía”.
Sam Peckinpah, “El sangriento” o el “Poeta de la sangre”, según el cristal con que lo definieron sus críticos admiradores o detractores, bebía hasta cuatro botellas diarias de whisky y recobraba su “mente satánica” esnifando cocaína en sus rodajes. Murió a los 59 años. Caballero de tomo y lomo para algunos; ciclotímico, paranoico, cínico y “espía rojo” encargado de “corromper” a la sociedad, fue un minero sabio y despiadado de la condición humana.
Desde el infierno -ese que las religiones ven entre llamas, oscuridad y vacíos insondables-, Sam, existencialista ateo, ríe a carcajadas. Contempla, desde unconfortable sofá y prendido a una pantalla, el espectáculo dantesco de las guerras que, a nuestra hora, incendian el mundo.