
En 1985 estuve en Bulgaria cuando ese país formaba parte del Comecon -Consejo de Ayuda Mutua Económica-, organización de cooperación económica y política formada en torno a la URSS por diversos países socialistas. El equivalente militar era el Pacto de Varsovia, aunque la variedad de sus miembros era más amplia.
Ese año, Bulgaria se mantenía dentro del bloque del Comecon y aparecía en ese escenario la perestroika y la glasnost que fueron los principios fundamentales de la política reformista de Mijail Gorbachov en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS).
El vocablo perestroika significó “reestructuración” en ruso y apuntaba a un cambio estructural en la organización política del gobierno con el objetivo de mejorar la economía soviética. Glasnost representó “apertura” y se vinculaba a la idea de abandonar la censura política con el objetivo de democratizar la sociedad.
Las iniciativas reformistas de Gorbachov se aplicaron entre 1985 y 1991, y se contextualizaron en la profunda crisis en la URSS y todo el bloque oriental comunista. La intención original de Gorbachov no fue alterar de manera radical la estructura de la URSS ni abandonar el comunismo, sino introducir reformas que aceleraran la economía y combatir la corrupción. Pero el proceso se radicalizó. Para 1987, Gorbachov introdujo elementos de la economía de mercado y, hacia 1989, se celebraron las primeras elecciones de candidatos múltiples en la URSS.
El resultado es conocido: la perestroika y la glasnost aceleraron la crisis y llevaron al final de la Guerra Fría, con la salida de los países europeos del bloque comunista, la reunificación de Alemania y la disolución de la Unión Soviética en 1991.
Este antecedente es necesario mencionar, cuando la situación actual de Cuba -instaurada a raíz de la revolución liderada por Fidel Castro en 1959, estableció un gobierno socialista-, que en 2026 está tocando fondo por el bloqueo estadounidense y el cuestionado sistema que gira alrededor de un partido –el comunista-, la falta de libertades y el manejo centralizado de la economía.
Al principio la revolución cubana ilusionó al mundo, y especial a los jóvenes que veíamos como una alternativa para nuestros pueblos. Pero, con el paso de los años, la revolución no solo perdió fuerza sino profundizó las inequidades que había combatido.
Recuérdese que la revolución cubana tuvo sus raíces en la desigualdad social, la corrupción y la represión política bajo la dictadura de Fulgencio Batista, quien llegó al poder mediante un golpe de Estado en 1952. Hoy, el proyecto socialista -los hechos así lo delatan- ha democratizado la pobreza, hay denuncias graves de corrupción y el ejercicio del poder es frágil frente a presiones externas inmanejables y la resistencia cada vez más débil de sus ciudadanos.
El gobierno cubano ha dado señales de diálogo, siempre y cuando se respete su sistema político, pero es necesario transparentar su economía – ¿glasnost cubano? -, con todo lo que ello implica: poner orden en las finanzas públicas, abrir escenarios para la inversión extranjera y reestructurar – ¿perestroika cubana? –, y ampliar su modelo de participación social con otras corrientes ideológicas.
Los escenarios y actores son diferentes a los de la URSS, pero es urgente encontrar salidas internas en Cuba, como el desmantelamiento de GAESA, que es un conglomerado empresarial y militar cubano controlado por las Fuerzas Armadas, que maneja entre el 40% y 70% de la economía cubana. Y una mirada prospectiva, con referentes de modelos económicos mixtos, como los que se observan en China y Vietnam.
La revolución cubana necesita autocrítica. Si no es amenaza para el mundo occidental, que se trasparente lo ejecutado y apueste por una sociedad abierta. Y los líderes ser valientes para negociar con la verdad. ¡Y ya no más sufrimientos para el pueblo cubano!