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Hay seres que no ocupan espacio sino tiempo. Menudo, leve y ágil como el viento. Y como el viento acude a sus cátedras en bicicleta, abriendo surcos con el cuerpo, los brazos prestos para abrazar a los demás. Generoso, solidario, noble, prefiere ceder sus propios reconocimientos a quienes más lo requieran y quedar abrazado del viento con el cual guarda un pacto secreto.
Infatigable, obsesivo, prolífico e innovador, Paúl Puma (Quito, 1972) ha publicado una treintena de libros de poesía, filosofía, teatro, novela, cuento, lexicografía, historia, ensayo… Su obra ha sido consagrada dentro y fuera de nuestro país.
Por sus evidentes logros, la hostilidad rodea su figura. Abordar este hecho no es un ejercicio de victimización, sino una necesidad epistemológica para entender cómo la periferia intenta sofocar, sin éxito, las voces que la desbordan.
Su libro Felipe Guamán Poma de Ayala (2002) fue escogido para el fondo bibliográfico de las universidades de Harvard y Oxford, seleccionado para el Festival Latinale de Poesía Latinoamericana en Alemania (2017) y para el Festival Out of the Wings en Reino Unido; su pieza teatral El tesoro de los Llanganatis (2017), traducida y puesta en escena en Inglaterra…
Felipe Guamán Poma de Ayala, Premio Aurelio Espinosa Pólit certamen ecuatoriano de histórico prestigio. “Se canta una viva historia,/ contando su melodía” (Antonio Machado). Puma cuenta la historia del cronista indígena, cantando su propia música.
El poeta nació en una familia disfuncional y pobre de solemnidad. De padre ausente, la madre, mujer única, en cuya mirada no anida el dolor, sino la luz, fue su bastión de resistencia.
Mediaban los 90 del siglo XX cuando se organizó un taller de escritura creativa. Cecilia Ansaldo, sabia maestra y escritora, nos visitó con sus estudiantes del colegio Alemán de Guayaquil. Leyeron sus textos los alumnos. Quien conmovió a Cecilia fue Paúl Puma con su poema. Ella y el autor de este texto no nos equivocamos, era el inicio de uno de los escritores más fecundos y esenciales de su generación.
La poesía es el diálogo del ser humano con su tiempo y con el agua de sus siempre turbulentos laberintos. Puma es un arqueólogo de la memoria invisible, explorador de las grietas del devenir, custodio y clarividente del ayer.
Dedicó Los versos animales (1996) a Mathildé Mauté, compañera de Paul Verlaine, lacerada en cuerpo y alma por el “Príncipe” de los simbolistas franceses, en su ciego empeño por extinguir su amor bajo el delirio del ajenjo.
¿Cómo poetizar el ardor dionisíaco de dos astros –Verlaine y Rimbaud– en perpetua colisión, sino mediante la voz estentórea, las palabras rotas, balbuceos, crujidos, desgarraduras, efluvios y hálitos de Paúl Puma?
“Paul riégase en la copa de la lujuria/ y se contempla en Matilde/ desnudo./ Se horroriza./ Su ángel roto puede más./ Ora por nosotros./ Ora por nosotros./ Saca del baúl sus heridas, el retrato y unos libros de astrolabio”…
Paúl Puma merodea la “lógica ilógica” de Freud que deviene en nutriente de su obra poética. Funde prosa y verso, desvanece sus fronteras y se levanta con el trofeo esquivo de la poesía. Versos extensos. En su matriz bulle el poema épico que no puede estar exento de alusiones sobrenaturales, en un fondo inalterable de heroicidad mítica. Épica, teogonía y mitología: sus tres fundamentos.
Oír es entreabrir una puerta para que el viento pase sin permiso; escuchar es convidar a ese viento a entrar y nos cuente sus secretos. En la poesía de Puma se escuchan los sonidos de las oquedades de su ser: suspiros, jadeos, quejidos, gemidos, ecos, murmullos, silencios densos… Poesía que suena y resuena, que se rebela y vivifica.
Líneas de su memorable Felipe Guamán Poma de Ayala: “En el principio/ reinaba el silencio./ La tierra de tu nombre estaba desmemoriada y vacía./ Las tinieblas estaban sobre la faz de las palabras nunca dichas./ Y el espíritu de dios todavía no sabía qué hacer contigo./ No era todavía el verbo”…
Guamán Poma de Ayala halló, luego de siglos, a quien contaría cantando su historia: Paúl Puma, el cronista de la memoria andina de nuestro tiempo.
Y recientemente Puma contó y cantó la captura y muerte de Atahualpa (La última morada de Atahualpa, 2026). Poemario que nos emplaza y conmina a comprender que, al final, el Inca no habita la tumba del olvido, sino el testamento de una palabra que estremece la conciencia del opresor ayer y en nuestra hora.
Frente a la insanable codicia de fortuna y la tiranía del poder, La última morada de Atahualpa es la poesía misma, el último territorio sagrado que la barbarie jamás podrá saquear.