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Cuando éramos guaguas, la cuestión era mucho más fácil. No había pastel sin fiesta, pero sobre todo no había fiesta sin pastel. Avisados todos con la soplada de las velas — y esa cancioncita horrorosa, — de pronto alguien te ponía un trozo de torta en las manos, sin preguntas ni explicaciones. Todos comíamos torta, y qué viva la cumpleañera.
Es otro el mundo hoy. Pero en vez de abrir paso a la queja de lo que fue y ya nunca más será, hablemos de las posibilidades del análisis sociológico que permite esta nueva realidad, donde la aparente inocua decisión de un pastel de cumpleaños define personalidades.
En el trono de los pasteles de cumpleaños se sienta el gran pastel de chocolate. Listo, dirían los inocentes, hecha la decisión. No, señor, este solo es el comienzo. Recordemos las restricciones alimentarias del 2026: Fulanito es intolerante a la lactosa, Menganito es alérgico al huevo, Perico de los Palotes es vegano desde la semana pasada, y Andrea no come gluten. Confieso, querido lector, que como es de esperarse, resulta imposible escribir sobre pasteles de cumpleaños sin pegarse un pastelito en nombre de la investigación. Quién diría que un pastel de chocolate vegano a base de aguacate podría estar tan rico.
Digamos que milagrosamente estamos entre gente que no le hace feo a nada. Aquí empieza la batalla entre los tradicionalistas y los vanguardistas. Hay cumpleañeros que todos los años exigen el pastel de la abuelita — ustedes saben quiénes son. No me alteren la receta, y cuidado de ponerse creativos con el decorado, que tu sabes que la abuelita siempre hacía un círculo con las nueces, y ninguna otra cosa. Del otro lado del ring estamos los vanguardistas, que usamos la excusa del cumpleaños para probar cosas nunca antes vistas. Por un tiempo, mi pastel favorito lo hacía una señora que vino del Este de Europa a vivir en Quito, y hacía tres sabores del tradicional medovik, una construcción fenomenal de capas delgadas de esponja, miel, y nueces.
Esa repostera, como muchísimas otras mujeres hábiles y emprendedoras en nuestro país de maravillas, tenemos el dilema, año tras año, de si dejar que alguien más nos mime, o si mejor horneamos nuestro propio pastel, porque ya sabemos cómo nos gusta. Luego me dan un pastel feacho, de margarina y vainillina y chispitas de colores de esas que sangran encima de una espumilla mal montada. Qué estrés, presten no más, yo hago, les prometo que me relajo el próximo año.
Entre gustos y colores no han escrito los autores, suelen decir. Pero aquí estamos, intentándolo. Habría que diseñar una prueba de personalidad basada en las opciones del pastel de cumpleaños. Empecemos, propongo yo, por arriba: ¿su pastel de cumpleaños tiene o no tiene decorado? Si tiene decorado, ¿es un decorado estándar, a base de mantequilla y azúcar, o de algo más estrambótico, como queso crema o ganache de chocolate?
De lleno al contenido: ¿Pastel mojado o no mojado?
¿Qué opina de añadirle un poco de piña, coco, o una taza de jugo de limón?
¿Pastel de vegetales? Zanahoria, zucchini, remolacha…
¿En una escala del 0 al 10, qué tan impronunciable prefiere su pastel? Tenemos dos austríacos, kaiserschmarrn y kouign-amann, un francés, clafuoutis, un árabe, layali lubnan, un japonés, dorayaki, o una clásica pavlova australiana.
Contabilizando puntos, se llega a los resultados prescritos de una de cuatro personalidades:
Pastel de chocolate: Quédese tranquilo, a usted nunca nadie lo va a tachar de complicado.
Tres leches: tradicionalista, buena gente, y probablemente Latino.
Clafoutis: Exquisita, pero no siempre comprendida. Usted mezcla la amargura y el dulce con delicadeza y elegancia.
Zanahoria con decorado de queso crema: Sin miedo a las cosas buenas de la vida, pero menos original de lo que pensó.
