Jorge G. León Trujillo

El valor de la palabra

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Lunes 27 de agosto 2012
27 de August de 2012 00:03

Una de las potentes invenciones humanas, la palabra, puede servir para la comunicación o lo contrario. Con demagogia y cinismo desorienta, devalúa el juicio y la autenticidad. Pero puede tener otro valor, no sólo el de saber decir o de la palabra empeñada en una promesa, sino a aquella que adquiere valor de referencia; vale para los otros porque esclarece, ayuda a definir posiciones. Esa palabra que las sociedades requieren más que las otras que seducen, convencen y encarrilan en el consumo, en lo fútil o en el poder para lograr seguidores sin preguntas.

Los trabajadores manuales o no, artistas, científicos y políticos, son tan necesarios como las personas que actúan por encima de los tejes y manejes de intereses y su palabra se vuelve referencia colectiva. Y puede ser aún más necesaria la palabra que logra valor de autoridad, por sustentarse en el conocimiento y ser confiable por su veracidad. Veracidad que no proviene de la realidad de un hecho o de la verdad de honestidad con sus ideas, sino la verdad que tiene sentido ético en su búsqueda. Aquella que, como bien vieron los griegos, exige primero el “gobierno de sí” antes de pretender “gobernar a los demás”. Dejar de ser de cierto modo, al controlar el ego, para que la búsqueda de las verdades, no de “LA” verdad, permita mejor comprender la realidad y el sentido de “convivir”.

Así, más que de un interés colectivo definido como adición de intereses o según las opciones de cada cual, es descubrir sentido de autenticidad. Requiere no un discurso que esconde o encarrila, borra la crítica, sino sigue un sentido de la indispensable convivencia, junta bien-ser y bien-estar. Eso puede rebasar una y otra ideología, una u otra coyuntura. Por eso, esta palabra vale porque rebasa el momento para descubrir el trayecto de una sociedad, que hacemos todos, como personas o colectividad. Busca revelar el sistema que construimos o el que deshacemos, el hacia dónde vamos, no sólo en las intenciones sino en los hechos, distante de la voces que son todo esperanza o de las que nos derrotan en el pesimismo.

En esta columna y con nuestra palabra, buscamos autenticidad, no solo honestidad, para en uno u otro hecho construir verdades éticas y sentido del devenir. Puede molestar al poder o al vecino, pero no es ese su objetivo sino buscar verdades, sin ignorar lo que no se quiere ver o no se quiere que se sepa. Esta palabra podría ser condenada por no ser útil a las ideas del momento, pero cuán necesario es contribuir a que una sociedad se vea a sí misma y su recorrido para mejor definirse y construirse. Mal podría hacer parte de la polarización que lleva al doble discurso; el camino que tenemos es largo para desperdiciarlo en la frivolidad del momento. Para qué desperdiciar la palabra, si necesitamos de verdad, autenticidad y ética.