
Por qué la limpieza de nuestras calles es el primer paso para salvar nuestras vidas
La mayoría de ciudades han roto el espejo y se miran en sus fragmentos, creyendo que esa imagen distorsionada es la realidad.
Mendigos que duermen en cartones. Niños que han hecho de la calle su hogar. Azoteas y patios que son cementerios de escombros. Tiendas que ocupan las aceras. Buses y camiones que exhalan humo negro. Playas donde la arena tiene trozos de botellas.
Y son los mismos habitantes de estas ciudades que generan este caos, los primeros en vociferar exigiendo seguridad, como si el orden fuera un derecho que se reclama sin primero ejercerlo.
En 1982, los sociólogos, James Q. Wilson y George L. Kelling, escribieron un artículo que cambió la manera de entender el crimen. Su teoría es sencilla. Una ventana rota que no se repara es un mensaje preciso: aquí nadie vigila, aquí todo se permite. Nadie cuida lo pequeño, tampoco lo valioso.
Cada ventana rota que da luz verde al crimen, empieza con el grafiteo en las paredes, el vagabundo en el umbral de la iglesia, el tipo que insiste en lavar el parabrisas y exige una moneda.
Rudy Giuliani, alcalde de New York en su época más violenta, entendió lo que los ecuatorianos no queremos entender: la seguridad no es solo policías y militares, es un mensaje colectivo. Cuando Nueva York persiguió a los grafiteros, barrió a los vendedores ambulantes y erradicó a los limpiaparabrisas, no solo redujo los delitos menores, el mensaje fue profundo: el orden ha vuelto.
Y el orden físico, como la luz que disipa las sombras, generó orden social. Los homicidios cayeron un 49% y los robos, un 42%. No fue represión, fue recuperación del espacio público.
Porque una ciudad limpia es una población que se respeta a sí misma y esa autoestima colectiva es un muro que impide entrar al criminal.
Miremos nuestro alrededor. No hablemos de sicarios ni de asesinatos si antes no vemos, todos los días antes de llegar a casa, que cada ciudad del país, es un basurero a cielo abierto, donde los indigentes han hecho su reino. Fachadas mugrosas de sus casas son parte del decorado citadino. En cada carretera, la basura se acumula en las cunetas y nadie las limpia. Perros callejeros defecan en cada poste. Los caminos rurales son casas con patios atiborrados de cachibaches inservibles.
En las redes sociales, la basura digital inunda nuestras vidas. El plagio infinito de videos de asaltos y accidentes triplica la violencia. Críticas destructivas, insultos, noticias falsas, son nuestra suciedad emocional arrojada sin pudor, como si nuestros jovenes fuera un cloacal donde vaciar nuestras propias miserias.
Hemos normalizado la mugre. La hemos hecho parte de nuestra piel. Y al hacerlo, allanamos el camino que ha normalizado el crimen, que es la peor podredumbre social.
Porque el que se acostumbró a la basura en la esquina, ¿con que cara dice indignarse por la corrupción en el palacio de justicia? El que ensucia un baño público, ¿cómo va a exigir honor al juez se recibe dinero ensangrentado? La violencia no es un fenómeno aislado. Es la culminación de un proceso que comienza con el dormitorio desordenado, con una acera que nadie barre, con el insulto que se convierte en linchamiento digital.
El sistema judicial de Ecuador tiene sus ventanas rotas. Magistrados que han convertido la justicia en tienda ambulante. Esa podredumbre moral de quienes debían ser los guardianes de la ley y se han convertido en sus sepultureros, es una convocatoria pública a delinquir impunemente.
¿Cómo exigimos limpieza en los tribunales si no enseñamos a nuestros niños a limpiar los patios de sus escuelas?
Y el gobierno, ese gran espejo donde miramos nuestras propias contradicciones, el pedirle transparencia y honestidad con enemigos políticos tramposos y mentirosos, es un acto de ingenuidad. Pero no podemos dejar de pedirlo, porque la limpieza si no empieza arriba, no empieza. Un gobierno que hace trampa, que miente, que oculta, es un gobierno que ensucia el alma del país.
Y aquellos que claman dramáticamente contra la criminalidad: ¿cómo vamos a detener los asesinatos si seguimos eligiendo a políticos vivarachos, que saltaron de la pobreza en un periodo, que roba pero hace obra, que han hecho de la trampa su oficio?
En las ciudades del Ecuador, donde la ciudadanía limpia sus calles, arregla sus fachadas, limpia sus caminos, no hay violencia. Donde los vecinos se organizan para limpiar su barrio, los malvivientes se van. Comunidades que recuperan parques abandonados ahuyentan a drogadictos y traficantes.
Gente que entiende que el espacio público es responsabilidad de todos, logra que un barrio limpio sea un barrio seguro. Esto se cumple en Baños de Agua Santa, donde la comunidad se mira al espejo y decide no romperlo.
Porque cuando barremos nuestra acera, estamos diciendo: aquí mandamos nosotros. Cuando pintamos la fachada de nuestra casa, estamos diciendo: esto tiene valor y lo cuidamos. Cuando recogemos los desechos del parque, estamos diciendo: este espacio está vigilado.
Y ese mensaje, el mensaje del orden y limpieza, es el mismo que envió Giuliani en Nueva York. Es el mismo que enviaron todas las ciudades que lograron revertir su violencia.
La seguridad no se decreta. Se construye desde el baño limpio de nuestra casa, desde la basura que no arrojamos. La violencia no va a parar mientras no limpiemos nuestra casa que es el Ecuador entero: sus calles, sus tribunales, sus redes sociales, sus gobiernos seccionales.
Al final del día la pregunta es personal: ¿tienes una foto de tu calle limpia? ¿Una foto de tu casa arreglada? ¿Una foto de tu baño desinfectado?
Porque quien lanza lodo no tiene derecho a exigir que no haya sicariatos. Que barra su propia puerta antes de exigir que barran la del vecino.
La limpieza es el primer acto de una seguridad silenciosa que puede salvar este país, que no necesita solo uniformados con fusiles, sino más ciudadanos con brochas y escobas.