El país que tejió un sombrero y perdió su nombre

Durante más de un siglo, el mundo llamó Panama Hat a una creación nacida en Ecuador. Ahora, una iniciativa digital busca que detrás del sombrero vuelvan a aparecer su historia, sus territorios y las manos que lo tejieron.

Kurt Freund Ruf. Columnista
Blog Ruido Colectivo

Desde que vivo en Estados Unidos he aprendido que explicar de dónde uno viene puede convertirse en un pequeño ejercicio de traducción. Digo Ecuador y aparecen la mitad del mundo, Galápagos, el cacao o algún futbolista.

Con el sombrero de paja toquilla ocurre algo todavía más curioso. No hace falta explicar el objeto porque buena parte del mundo lo reconoce. El problema aparece cuando preguntamos de dónde viene.

Panama Hat.

El nombre está instalado con tanta fuerza que parece inútil discutirlo. Puede aparecer en una vitrina de Nueva York, en una tienda europea o en un catálogo de moda. Quizá, debajo de la marca y del precio, alguna etiqueta pequeña diga: Made in Ecuador. El nombre grita Panamá; el origen, escrito en letra pequeña, todavía susurra Ecuador.

Un nombre que viajó demasiado

La historia tiene algo de ironía. Durante el siglo XIX, los sombreros ecuatorianos viajaban hacia Panamá para ser comercializados desde allí. Muchos viajeros que continuaban rumbo a California los compraban en ese punto y terminaron asociando el producto con el lugar donde lo habían encontrado.

Después llegó el Canal de Panamá. Los trabajadores los usaron bajo el sol y, en 1906, Theodore Roosevelt fue fotografiado durante una visita a las obras llevando uno de aquellos sombreros. La imagen recorrió el mundo. Sin proponérselo, una fotografía hizo una extraordinaria campaña de posicionamiento, solo que el crédito geográfico terminó en otro lugar.

El nombre grita Panamá; el origen, escrito en letra pequeña, todavía susurra Ecuador.

No se trata de culpar a Panamá. Panamá fue la vitrina. Ecuador puso las manos.

Y quizá ahí esté la verdadera paradoja: fuimos capaces de tejer un objeto que conquistó el mundo, pero no siempre de contar con la misma fuerza quién lo había tejido.

Las manos detrás del sombrero

Más de un siglo después, esa historia intenta escribirse de otra manera. Montecristi Creativa, proyecto desarrollado por el Municipio de Montecristi junto con la Organización de Estados Iberoamericanos, utiliza herramientas digitales para documentar algo que durante demasiado tiempo quedó detrás del producto terminado.

No se trata solamente de fotografiar sombreros bonitos. La plataforma registra los procesos de elaboración, incorpora imágenes, videos y experiencias inmersivas y, sobre todo, pone atención en quienes poseen el conocimiento.

Su propuesta más interesante quizá sea la trazabilidad. Un código QR puede convertir un sombrero en una puerta.

Imaginemos a alguien comprándolo en Nueva York, Londres o París. Escanea el código esperando encontrar una ficha técnica y, en cambio, descubre un territorio, un proceso y quizá el rostro de una persona que dedicó días o meses a tejerlo. De pronto aquello que parecía únicamente un accesorio elegante adquiere biografía.

La tecnología, entonces, deja de servir para acelerar algo y comienza a hacer justamente lo contrario: nos obliga a detenernos.

Una memoria que no cabe en un QR

Claro que ningún código resolverá por sí solo una deuda histórica. Recuperar identidad también significa que quienes sostienen este oficio reciban una participación justa de su valor, que nuevas generaciones encuentren razones para aprenderlo y que Ecuador sea capaz de contar esta historia en los mismos mercados donde durante décadas el sombrero circuló bajo otro nombre.

También significa comprender que esta tradición no pertenece a un solo punto del mapa. Montecristi y Pile son fundamentales, pero el tejido de paja toquilla también forma parte de historias profundamente arraigadas en Azuay y Cañar.

Cuando la Unesco reconoció en 2012 el tejido tradicional del sombrero ecuatoriano de paja toquilla como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, la palabra importante no era solamente “sombrero”. Era tejido. El patrimonio está en las manos, en el conocimiento transmitido, en la paciencia y en una memoria que ningún producto terminado consigue mostrar por completo.

Quienes hemos migrado sabemos que algo puede atravesar una frontera sin dejar de pertenecer al lugar del que salió. A veces cambia el acento. A veces cambia la etiqueta. A este sombrero incluso le cambiaron el país en el nombre.

Tal vez no consigamos borrar Panama Hat del imaginario mundial, ni haga falta hacerlo. Pero sí podemos lograr que cada vez más personas sepan qué hay detrás de ese nombre: una tradición ecuatoriana, comunidades que la mantienen viva y un oficio que merece ser reconocido por su verdadero origen.

Si esta iniciativa ayuda a contar mejor esa historia, ya habrá dado un paso importante.