Pablo Cuvi

¿Qué va a pasar?

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Sábado 29 de septiembre 2018

Esa es la pregunta del millón que aflige a los ecuatorianos de a pie. Cuando me la plantean así, de buenas a primeras, para ganar tiempo respondo que me es más fácil predecir qué pasará después de la muerte (probablemente nada, pero ese es otro tema) que tener la clarividencia necesaria para avizorar lo que sucederá en el Ecuador hasta el 2021.

Aventurarse a realizar predicciones siempre fue complicado, aquí y en la quebrada del ají. Basta recordar que hace cuatro años pocos creían que hubiera ganado el Brexit en Reino Unido y nadie hubiera adivinado que un tipo como Donald Trump llegaría a la presidencia de EE.UU. (ni él mismo lo creía). Tampoco era previsible que el prepotente Rafael y varios miembros de su corte estarían hoy contra las cuerdas por la acción de la justicia, implorando protección en los mismos foros de Derechos Humanos que tanto menospreciaron, e intentando silenciar testigos en las sombras de la cárcel.

Sin embargo, ese 75% que respaldó el año pasado al presidente Moreno cuando inició la lucha contra la corrupción del correísmo, y por la recuperación de las libertadas y las instituciones democráticas, viene cayendo persistentemente y el camino asoma plagado de trampas, obstáculos económicos y fantasmas del pasado. En la encuesta de Cedatos que acaba de salir a luz, un 69% se siente preocupado, frustrado, pesimista, y Polibio Córdova advierte “una burbuja de cuidado” pues solo el 38,5% aprueba la gestión del Presidente. Esa es una muestra de cuán volubles, inconstantes e impacientes somos los ecuatorianos.

Muchas veces se ha señalado que la raigambre religiosa de la población acentúa la tendencia a esperar que un mesías resuelva los problemas haciendo llover maná del cielo (o bonos, o camello, o cualquier beneficio) en el lapso, digamos, de un año porque la paciencia es corta y la lista de necesidades demasiado larga. Cuando el presidente de turno no produce el milagro económico, le retiramos nuestro apoyo y nos dedicamos a chismear que esto se está yendo al diablo. Así funcionan las profecías autocumplidas: si uno cree que le va a ir mal, lo más probable es que le vaya mal.

Por otro lado, los escándalos diarios del Gobierno anterior, si bien entretienen al público, no sustituyen la falta de empleo, la inseguridad y el desaliento. En Argentina, donde la situación es grave y los hallazgos de corrupción son más truculentos, las centrales obreras peronistas olvidan la cleptomanía de Cristina y hacen huelgas contra Macri y el FMI. Acá puede suceder algo parecido.

Pero nadie es inocente: Correa hizo lo que hizo porque contó con un gran respaldo popular, respaldo que se trasladó a Moreno para detener la caída al abismo. Hoy, otra vez empieza a cundir el desencanto y pasará lo que dejemos que pase, porque somos los principales responsables de la situación.