Pablo Cuvi

Adictos al escándalo

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Sábado 27 de abril 2019

Hubo elecciones en Ucrania, ese pequeño país que sufre los zarpazos y dentelladas de su enorme vecino, el Oso Ruso. Ya le arrebató Crimea y fomenta la guerra separatista de otras provincias. En circunstancias tan adversas, uno esperaba que los ucranianos eligieran como presidente a la persona más calificada para orientar y defender a su pueblo. Pues no, luego de un debate circense en un estadio, escogieron a un cómico que se volvió famoso representando a un don nadie que se convertía en presidente. Por él votaron, por el personaje de ficción, en un acto de resentimiento, despecho o inconciencia. Es decir que votaron por un mundo irreal, por un arreglo ficticio.

Algo parecido sucedió medio siglo atrás en una remota provincia de la mitad del mundo llamada Pichincha, donde un comediante muy querido, Ernesto Albán, quien representaba la estampa ‘Evaristo Diputado’, se lanzó como candidato y ganó en lo que muchos quiteños vieron como otra forma de burlarse del circo del Congreso. Pero don Evaristo nunca ocupó su curul pues Velasco Ibarra se declaró dictador.

Fue Trump, cómo no, quien dio el paso del magnate poderoso y envidiable de un reality show al político grotesco que provocaba escándalos como cualquier estrella de rock y diluía la frontera entre mentira y verdad. Eso lo convirtió en un personaje fascinante para los medios, que comentan todos los días los detalles más escabrosos de su vida publica y privada. Da igual que cubran sus relaciones con prostitutas, con su gabinete o con Rusia, todo se banaliza, nada le afecta, mientras más, mejor, más capítulos de una serie que superó en cinismo a House of Cards.
No son solo los gringos; acá también nos hemos convertido en adictos al escándalo, esa droga que la saga policial del correísmo provee en abundancia, de suerte que el escándalo del lunes (exvicepresidenta con título chiveado) dura solo hasta el capítulo del miércoles (exdirector del IESS y exministro apresado en Lima). No empieza siquiera la discusión sobre el saqueo de la Seguridad Social cuando termina el asilo del desafiante agente ruso Julian Assange. Como era previsible, los correístas cierran filas con el enemigo (‘Todos somos Assange’ dicen con orgullo) cuyos hackers, en venganza, desatan un ataque cibernético contra el Ecuador. O sea, contra todos nosotros.

A la semana siguiente, con la poca vergüenza que le queda, Alan García se destapa los sesos por los sobornos de Odebrecht. Esa misma noche, sin darnos tiempo de cobrar aliento, el excanciller que conspiraba contra el Gobierno junto con Assange, Maduro y los hackers rusos fuga a México, donde muy suelto de huesos acusa de agente de la CIA a un alto morenista porque en su visión perversa o estás con Putin o eres de la CIA. Tema trillado. Para calentar la serie es hora de abordar las preferencias sexuales.