Estado, qué Estado

Parece muy fácil eliminar, crear instituciones… o eliminarlas. Jugar a ser Prometeo es lo que mejor hacen los líderes que buscan ofrecer la ilusión de crear el fuego y dárselo por primera vez a los hombres, sin darse cuenta que sólo terminará siendo torturado diariamente por sus decisiones. No es casual que Prometeo signifique, en algunas acepciones, antes de pensar.

Buena reflexión para Guillermo Lasso, presidente electo. Su inmediata tentación de deshacer lo hecho por la Revolución Ciudadana, como la eliminación de Senescyt lo confirma. Pero la onda destructiva de eliminar cosas irreflexivamente puede ser tan perversa como la obsesión de Rafael Correa por tratar al país como tabla rasa. Someter el hierro al fuego y luego al frío hasta templarlo, sin que nadie gane nada en estos ejercicios.

Ese es el problema central de América Latina: el debate es poco Estado o mucho Estado, no cómo resolver los problemas colectivos o servir mejor a sus ciudadanos que es para lo que sirve el Estado en primera instancia. Eso lo entendió bien Alejandro Foxley, el primer Ministro de Finanzas de Chile de la era democrática. Para la Concertación, hubiese sido muy fácil eliminar unos cuantos organismos de la dictadura o crear otros distintos para diferenciarse. Pero defendió la idea de defender el Estado inteligente. Es decir, entender para qué sirven las instituciones y mejorarlas siempre en función de la gente. En algunas ocasiones esto puede significar reformarlas, fusionarlas, reducirlas o ampliarlas, pero siempre estudiando primero su función, responsabilidades y concertando reformas que sean apoyadas por otros partidos que algún día también serán gobierno. Eso es precisamente lo que no hizo la Revolución Ciudadana, porqué repetir el mismo error, precisamente cuando el país busca más democracia.

Los estudios del Estado y las políticas públicas han avanzado mucho en el mundo como para no aprender de otras experiencias en la región y en otros continentes sobre las mejores prácticas de manejo y regulación en el Estado. De poco sirve una política que no es consultada y aceptada por los directamente involucrados en ella, porque las políticas públicas no se reducen a una ley o reforma de ley; son el conjunto de actores, normas, prácticas e instituciones que perduran en el tiempo, en cada uno de los sectores.

El Estado fuerte no es el que más empleados o instituciones tiene, es el que ofrece estabilidad, predictibilidad y utilidad a sus ciudadanos, independientemente de la ideología del gobernante. Es aquél que tiene funcionarios de carrera, especializados en su área y eficientes.

Jugar a la creación o destrucción del Estado no ayuda a generar lo que la campaña de Lasso tanto anunció: Estado de derecho, estabilidad para la inversión extranjera o nacional. Bien harían en estudiar y pensar los cambios muy bien y estar dispuestos a escuchar visiones críticas sobre cada tema antes de tomar decisiones que conviertan en un bumerán en apenas cuatro años.