Alexandra Kennedy-Troya

Las cruces sobre el agua

Vamos a narrar, a narrar la realidad, “pero toda la realidad”, exigió un grupo de escritores que luego llamaríamos la Generación de los 30. Este grupo de literatos, inicialmente de Guayaquil, dejaba atrás el costumbrismo alambicado y se dedicaba a denunciar las enormes injusticias que atravesaba la sociedad ecuatoriana. Un ‘boom’ literario plagado de cuentos y novelas, géneros antes ausentes. En ‘Los que se van’, Joaquín Gallegos Lara, denuncia violentamente la ‘vergonzosa’ vida de cholos y montuvios, su pobreza en relación con el entorno familiar y el campo costeño. Varios harían lo propio. En “Las cruces sobre el agua”, el mismo autor llena su novela de personajes claves, imágenes, olores y sudores tropicales, y nos lleva de la mano a la famosa huelga obrera de 1922 que el 15 de noviembre terminó en una masacre en el Puerto Principal. Los cuerpos inertes fueron lanzados a la ría, sus simbólicas cruces las llevó la corriente. Sus deudos les lloraron anónimamente, igual que cientos de familiares, amigos, compañeros socialistas.

Políticamente comprometidos, experimentadores sin tregua, estos novelistas cubrieron el amplio espectro social: ‘Don Goyo’ (D. Aguilera Malta), ‘Los Sangurimas’ (J. de la Cuadra), ‘Los negros’ (P. Palacio), y tantos otros. Muchos se dedicaron a hurgar la realidad de los sectores populares urbanos. Un gran artífice -Benjamín Carrión- apoyaría este movimiento sin concesiones. Hasta entonces la Iglesia había servido de árbitro único de las conciencias. Mas, la Revolución Rusa de 1917 impactaría en esta y otras comunidades americanas. La crisis del cacao de fines de los años 20 se sumó, y evidenció la carencia de amplios sectores marginales. La misma literatura cambió de clase, se dio paso a la presencia de escritores proletarios y de clase media, remarca la crítica literaria María Augusta Vintimilla.

El próximo año ‘celebramos’ 100 años de la masacre. La represión de octubre del 2019 tiene algo en común con la de 1922; los niños pobres de entonces aún trabajan hoy; los muertos anónimos de la pandemia se reconocen en los de ayer; Flor de Bastión y otros barrios reclaman el buen trato que las autoridades dan al Malecón 2000 y a El Salado. El sicariato, las muertes violentas, la venta indiscriminada de droga se produce en lugares que ocultamos convenientemente. De repente, algo similar sucede en la Tribuna de la Shyris, en Quito. Salimos de la comodidad por un momento. Horas más tarde, los afortunados y felices burgueses nos sentimos parte del jet set: la limpieza temporal de calles del Centro Histórico de Quito, que se ha puesto de gala para celebrar un matrimonio entre celebridades. Esta es nuestra psicótica realidad. ¿Cuánto tiempo más viviremos dando la espalda a ‘los guandos’ de entonces y hoy? ¿Cuánto, negando inmisericordemente aquellas otras realidades?