
Hacía varios meses que no veía una serie de principio a fin. No porque me faltaran recomendaciones, sino porque entre el trabajo, la familia y los proyectos siempre aparecía algo más urgente; por no decir que suelo quedarme dormido a los diez minutos. A los 43, acostarme a ver “un capítulo” ya no garantiza absolutamente nada.
Había leído varios comentarios sobre Nadie nos va a extrañar, pero el título no terminó de convencerme hasta que un día decidí darle una oportunidad. Mi hijo Carlos, de 13 años, se quedó a verla conmigo. Comenzamos con un episodio y, casi sin darnos cuenta, terminamos enlazando uno con otro durante varias noches.
Desde los primeros capítulos, Carlitos miraba la pantalla y después me miraba a mí.
—Papi, ¿así se vestían? ¿Esos eran los pupitres? ¿De verdad se peinaban así?
Yo intentaba seguir la trama mientras respondía sus preguntas, aunque por momentos parecía más interesado en comprobar si su padre realmente había sobrevivido a semejantes peinados.
La historia transcurre en el México de 1994 y sigue a un grupo de estudiantes considerados los “perdedores” de su preparatoria. A partir de un pequeño negocio de tareas aparecen la amistad, los primeros amores, el acoso, la identidad, la sexualidad, el duelo y otras heridas que durante mucho tiempo casi no formaron parte de las conversaciones familiares.
Mientras Carlitos descubría aquel mundo, yo comparaba inevitablemente la pantalla con el mío. Hice la escuela en la Hernán Cordero Crespo, en Cuenca, y años después cursé parte de mi secundaria en New Jersey. Cambiaban el país, el idioma y las costumbres, pero no tanto ciertas experiencias: los pupitres rayados, los amigos inseparables, las primeras novias, los rechazos que parecían el fin del mundo y esos pequeños logros que podían sostener nuestra autoestima durante una semana entera.
La serie tiene personajes entrañables y una ambientación cuidada. En algunos momentos el drama se subraya más de la cuenta y roza ese territorio melodramático que México domina con particular talento. Pero logra algo importante: poner sobre la mesa asuntos que pertenecían también a nuestra adolescencia, aunque entonces no siempre supiéramos cómo nombrarlos.
Cada vez que aparecía una canción conocida, la maratón se detenía por mi culpa. Sonaban Caifanes, Soda Stereo, Duncan Dhu, Fobia o Héroes del Silencio, y yo comenzaba a contarle quiénes eran, cuándo los había descubierto o qué recuerdo me traía determinada canción. Carlitos quería continuar con la escena y no asistir a una conferencia improvisada sobre rock latino, pero me escuchaba.
Después ocurrió algo que no esperaba. Comenzó a buscar algunas de esas canciones y terminó agregando temas de Caifanes y Soda Stereo a su propia playlist.
Ahí entendí que había sucedido algo bonito. La serie que yo había escogido por nostalgia estaba llevándolo hacia una música que para él no tenía pasado. Ya no estábamos solamente viendo televisión; estábamos compartiendo algo que pertenecía a dos generaciones.
Entonces llegó una pregunta distinta. Aquí va la inevitable advertencia de spoiler:
—Papi, ¿por qué murió Memo?
Ya no servían las anécdotas sobre casetes, uniformes ni peinados. Había que hablar del suicidio, la tristeza, la sexualidad y de esas cosas que, como padre, uno quisiera explicar con una seguridad absoluta, aunque por dentro aparezca esa pequeña gota de sudor que ningún manual de crianza menciona.
No tuve respuestas perfectas. Intenté contestarle con honestidad y, sobre todo, escuchar lo que él pensaba. Quizá ahí estaba lo importante. Algunas historias no están hechas para darnos respuestas, sino para abrir conversaciones que de otra manera seguiríamos postergando.
Ya no estábamos solamente viendo televisión; estábamos compartiendo algo que pertenecía a dos generaciones.
Cuando terminamos la serie sentí que habíamos hecho algo más que una maratón. Para mí fue regresar a recuerdos de Ecuador y New Jersey; para él, descubrir una época que conocía apenas por fotografías, ropa antigua y canciones que su padre insiste en considerar imprescindibles.
Al final Carlitos me dijo:
—¿Sabes algo, papi? Las mismas cosas que vivían ustedes las vivimos nosotros ahora. Solo que nos vestimos y nos peinamos mejor.
Tenía todas las intenciones de defender la dignidad de mi generación, pero sonreí.
—Pues sí.
Quizá el título de la serie se equivoca. Algún día nuestros hijos escucharán una canción vieja, encontrarán una fotografía imposible y preguntarán quiénes éramos antes de convertirnos en sus padres.
