Monseñor Julio Parrilla

Los falsos mitos

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Domingo 14 de octubre 2018

He leído lo que dice la doctora Karlijn Demasure sobre los abusos en la Iglesia. Su conocimiento y lucidez me han hecho repensar algunos falsos mitos sobre los depredadores sexuales del clero. Valga una palabra aunque el tema no sea precisamente cómodo en estos momentos.

Abusadores ha habido (y habrá) toda la vida, en la Iglesia y fuera de ella. Según la OMS, una de cada cinco mujeres ha sido abusada o agredida sexualmente, frente a uno de cada trece varones. La proporción se invierte en la Iglesia: dos terceras partes de las víctimas son muchachos. Lo que no cambia es el género del agresor, 90% masculino. También hay depredadoras, aunque la violencia de las mujeres sea más psicológica y menos sexual.Estos datos pueden inducirnos a error, como pensar que todo sacerdote agresor es un pedófilo. Las investigaciones en Irlanda, EE.UU o Alemania señalan que sólo el 1% de los abusadores curas son (clínicamente) pedófilos. ¿Cómo se explica el resto de abusos? Algunos responden como si dispararan al pim-pam-pum: que porque son homosexuales, que por el celibato obligatorio o porque la cultura del 68 se coló en la Iglesia rompiendo toda norma objetiva… Las investigaciones no avalan semejantes razones. Lo cierto es que los homosexuales no abusan más que los heterosexuales. Es evidente que los agresores recurren a las personas vulnerables que tienen a su alcance, (en sacristías, colegios, campamentos e, incluso, en la propia casa).

Las causas de los abusos son complejas y diversas. Por eso pienso que apuntar al celibato obligatorio es otro error lamentable. El foco no hay que ponerlo en el celibato, sino en la inmadurez psicológica y afectiva que afecta a la gente más variopinta, sometida a traumas y complejos que se arrastran desde la niñez y que, de una u otra forma, llevan a ser abusador, llámese pedófilo, acosador o parricida…

No deja de ser curioso que no pocos curas abusadores han sido párrocos muy entregados a los demás. Y es que “la procesión va por dentro”, por la vía de la inmadurez. Siento que en semejantes abusadores se da una especie de esquizofrenia que manifiesta precisamente la inmadurez de la que hablo. Así quien manifiesta muchas veces el sentimiento de culpa es la víctima y no el agresor.

En los años 80 se pensaba en un pecado que por tanto puede ser perdonado, igual que el adulterio. Un error frecuente en los obispos, que creían que hablando, persuadiendo y dando una nueva oportunidad todo se arreglaba. Vista la reincidencia, la agresión pasó a comprenderse como patología. Desde Benedicto XVI se entendió que era un crimen personal que debía ser denunciado al juez. Francisco ha dado un paso más: hay causas sistémicas, comenzando por el clericalismo, sinónimo de encubrimiento, olvidando que la víctima es tan Iglesia como el agresor. Ojalá que poco a poco todos vayamos aprendiendo.