El monopolio de la compasión

La izquierda latinoamericana utilizó el discurso religioso para legitimarse, consolidar el poder y justificar gobiernos que derivaron en corrupción, pobreza y autoritarismo.

El lavado de activos es un delito penal en Ecuador. Foto referencial Canva

Nicaragua inventó la teología política y la izquierda la usó para saquear América Latina

La jugada maestra: Vístete de tu enemigo

Antes de 1979, la izquierda latinoamericana tenía un problema existencial: era vista como atea y extranjerizada por su dependencia de Moscú, China o La Habana y enemiga de las tradiciones populares.

La Iglesia Católica, en cambio, era el alma de los pueblos, la única institución que consolaba a los pobres y les daba esperanza.

Los sandinistas, con una inteligencia política brutal, entendieron que no se podía vencer a la Iglesia; había que vestirse con su túnica. No lucharon contra la religión; la secuestraron.

Pusieron curas en el gobierno: Ernesto Cardenal, Miguel D’Escoto. Bendijeron fusiles con agua bendita. Crearon el mito del “guerrillero cristiano” con una  cruz en el cuello, mientras empuña la molotov y el fusil.

Esa imagen no fue poesía; era propaganda perfecta. Le decían al campesino: No tienes que elegir entre Dios y la revolución; la revolución es la voluntad de Dios en la tierra.

La izquierda se convierte en la nueva iglesia

El gran robo de la misa negra de Managua, fue arrebatarle a la Iglesia el monopolio de la palabra: pobre.

Hasta entonces, pobre era un sujeto de caridad, un alma que sufría con paciencia. Desde el sandinismo, pobre se convirtió en un sujeto político: el explotado que necesita ser liberado por la vanguardia revolucionaria.

La izquierda dejó de ser la enemiga de Dios para ser su intérprete autorizado. Ya no hacía falta ir a misa; había que ir a la asamblea del partido. Ya no hacía falta confesarse; había que declarar lealtad al líder.

La Teología de la Liberación fue el vehículo perfecto: tomó el lenguaje de la Biblia  y lo transformó en un manual de lucha de clases. Los curas radicales fueron los primeros en caer en la trampa, creyendo que estaban salvando almas cuando en realidad estaban legitimando dictaduras.

Medio siglo de saqueo con rosario en mano

Lo que empezó como una épica en Nicaragua se convirtió en el manual de operaciones de toda la izquierda latinoamericana.

El chavismo lo perfeccionó: Chávez hablaba de Jesucristo como el primer socialista, de la “patria sagrada” y del “pueblo elegido”. Evo Morales en Bolivia fusionó con el culto a la Pachamama. Correa en Ecuador usó el mismo discurso de “revolución ciudadana” con ínfulas mesiánicas. Ortega lo recicló para su regreso en 2007, ya como dictador.

El resultado: medio siglo de gobiernos de izquierda que han dejado un reguero de pobreza, corrupción y miseria.

Venezuela: el país más rico de Sudamérica se convirtió en el más empobrecido, con 7 millones de exiliados.

Nicaragua: la revolución que prometió pan y libertad terminó en una dictadura que mata a sus jóvenes. Ecuador: el correísmo dejó una deuda externa gigantesca y casos de corrupción de alta gama. Bolivia: el MAS se enquistó en el poder y hoy enfrenta una crisis económica y política. Brasil se convirtió en la franquicia de Obebrecht que coimó presidentes. Y Chile paso del 2do al 4to mundo.

Y mientras saqueaban, usaban el discurso de los pobres para justificar el robo. Cada desfalco, cada cuenta en Panamá, cada avión privado, se cubría con la bandera de la revolución. El pobre seguió en la miseria, pero los líderes se convirtieron en millonarios mesías de culto y veneración.  

Cuando la teología se convierte en carcajada

Hoy, el discurso ya no convence ni a los propios pobres. La gente ha visto que los que hablan de justicia social tienen a sus hijos en escuelas privadas de Miami. Los que defienden la patria tienen pasaportes y departamentos europeos. Los que luchan por la Pachamama acumulan millas con sus vuelos internacionales.  Los que claman por la revolución llevan décadas en el poder sin permitir elecciones libres.

La teología política se ha convertido en una farsa grotesca. En Nicaragua, Ortega y Murillo ya ni siquiera simulan: eliminan opositores, cierran ONG, encarcelan obispos y se autoproclaman “líderes eternos”. El discurso de los pobres es solo un escudo para su impunidad.

La lección mal aprendida

Lo más grave no es que la izquierda haya robado el discurso de la Iglesia; es que la Iglesia permitió que se lo robaran. Muchos curas, seducidos por el poder y la fama, bendijeron a los dictadores y ha tenido que callar ante las dictaduras de Ortega y Maduro para no romper la “unidad” de la Iglesia.

El resultado: la Iglesia perdió su voz profética, y la izquierda perdió su alma revolucionaria. Solo quedó el poder por el poder, el cinismo por la cinismo.

El mea culpa es urgente

Es el fracaso moral y político más grande de América Latina en el último medio siglo. Los que creímos en la revolución, los que leímos a Omar Cabezas y “La Montaña es algo más que una inmensa estepa verde” y soñamos con una patria libre, terminamos siendo cómplices de una estafa religiosa.

No porque el ideal fuera malo, sino porque el poder corrompió a los idealistas, y la teología política fue el barniz que ocultó la podredumbre.

Hoy, la gente no vota por la derecha; vota contra la mentira de la izquierda. Y esa es la única esperanza: que el hartazgo nos lleve a construir una política sin mesías, sin regalar falsas bendiciones, sin fusiles y sin mentar a Dios en vano.