El mismo micrófono, cuando cambian las luces

Nos acostumbramos a reconocer a las personas por el oficio que las hizo visibles y después desconfiamos cuando intentan ocupar otros espacios. Pero una trayectoria no debería convertirse en una jaula.

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Un micrófono puede servir para cantar, presentar una noticia, conducir una entrevista, defender una propuesta o hablar en nombre de una institución. El objeto es el mismo; lo que cambia es la responsabilidad de quien lo sostiene. Cuando Pamela Cortés pasó del escenario al Viceministerio de Cultura y Patrimonio, las redes sociales no tardaron en reaccionar. Para una parte del imaginario ecuatoriano, colocar a una cantante frente a una institución pública parecía mezclar el agua y el aceite. ¿Realmente lo es?

Durante años muchas personas me han identificado principalmente como cantante, quizá porque el escenario tiene luces y el micrófono vuelve visible a quien lo sostiene. Cuando descubren que también escribo, hago entrevistas o me apasiona la gestión cultural, aparecen la sorpresa y, a veces, la duda, como si hubiera cambiado de personaje sin avisar. No lo cuento para convertir mi recorrido en el centro de esta historia, sino porque me ha permitido entender algo: solemos mirar a las personas desde su faceta más visible y confundimos esa imagen con todo lo que son.

El problema comienza cuando dejamos de mirar una trayectoria y empezamos a ver únicamente una etiqueta.

Ahora también continúo formándome en docencia universitaria, no porque pretenda saber de todo, sino porque creo que así debería avanzar la vida: con curiosidad, aprendizaje y la libertad de no permanecer dentro de una sola definición.

Lo que el escenario no muestra

Una canción de cuatro minutos puede esconder meses de trabajo. Antes de subir al escenario hubo ensayos, presupuestos, contratos, desacuerdos y decisiones que nadie aplaude. La música me enseñó a escuchar; el periodismo, a preguntar; la comunicación, a reconocer a quién tengo enfrente; y la gestión cultural, a comprender que una buena idea necesita planificación, recursos y comunidad. Ninguna faceta borró la anterior. Cada una añadió aprendizaje, pasión y dedicación a la misma historia.

Eso no convierte automáticamente a un artista en un buen funcionario. Cantar durante décadas no enseña por sí solo a administrar recursos públicos, aplicar normas, proteger el patrimonio o dirigir una institución. La sensibilidad artística tampoco reemplaza la preparación técnica. Pero una trayectoria sobre los escenarios no debería considerarse una incapacidad de origen, como si de allí nadie pudiera salir con conocimientos útiles para otros espacios.

Antes de escucharla

Por eso me inquietó que parte de la conversación sobre Pamela Cortés comenzara y terminara con una frase: “Es cantante”. No con una pregunta sobre su formación, sus propuestas, su equipo o su conocimiento del sector, sino con la idea de que el oficio que la hizo conocida bastaba para descalificarla. Todavía no había sostenido el nuevo micrófono y ya se había decidido que su voz no pertenecía allí.

La crítica es necesaria cuando alguien asume una responsabilidad pública. Su trayectoria merece respeto, pero será su gestión la que deberá demostrar si está preparada. Una evaluación justa debería comenzar por lo que una persona sabe, propone y hace, no por la casilla en la que aprendimos a ubicarla. No hay razón para aprobarla por ser cantante, pero tampoco para rechazarla por la misma razón.

Desde niños nos preguntan qué queremos ser cuando crezcamos, en singular, como si la vida concediera una sola respuesta. Después nos incomoda que un músico escriba, que un periodista enseñe o que una cantante llegue a la gestión pública. Tal vez nos tranquiliza más clasificar a las personas que aceptar que una trayectoria puede abrirse en varias direcciones.

El micrófono que escucha

En Ecuador solemos celebrar a los artistas cuando representan al país, pero desconfiamos cuando intentan participar en otras decisiones. Los queremos bajo las luces, siempre que no se acerquen demasiado al escritorio. Esa contradicción revela cuánto nos cuesta reconocer el trabajo artístico como una profesión que también puede estar acompañada de disciplina, liderazgo, organización, formación y conocimiento del sector.

Al final, el micrófono no califica ni descalifica a nadie. Pasar del escenario a una institución no significa abandonar una identidad ni fingir otra. Significa comprender que, aunque el objeto sea el mismo, cambian el lugar desde donde se habla y las consecuencias de cada palabra.