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Viernes 14 de diciembre 2018

Así tituló a su último libro Bob Woodward, el periodista del Washington Post, quien conjuntamente con Carl Bernstein realizaron la histórica revelación del espionaje de Watergate durante el gobierno de Nixon ;y, ahora cuenta la forma como Trump conduce las decisiones de su gobierno desde la Casa Blanca.

El relato de los entremeses internos de la Casa Blanca, además de ser fluido, con un lenguaje propicio para la lectura, descansa en fuentes que lo hacen merecedor de una alta precisión, certeza y credibilidad. Hay momentos, que la lectura lleva por un laberinto de intrigas y manipulaciones que hace pensar en la trama de una novela tan bien hilvanada que se asemeja a la famosa serie “House of Cards”. Pero, no es así, aunque parece increíble que estos hechos ocurran en plena Casa Blanca, es la odisea de hechos históricos que se viven en tiempo presente.

El título tan elocuente se justifica por su contenido. Recoge la declaración del candidato cuando buscaba la nominación que sintetiza la forma como define el ejercicio del poder político. No se anda con rodeos. Cree que el “poder es miedo” y no otra cosa. Imponer. Avasallar.

Amedrentar. Con ellos sustituye a los principios de una democracia dialogante en la cual prima la razón, la búsqueda de los acuerdos, el respeto a la opinión ajena y discrepante, las relaciones internacionales.

El prodigioso detalle de los complejos y delicados temas de política mundial, que por su mal manejo podrían derivar en conflictos de inimaginable magnitud, que los aborda con sus colaboradores de una forma brusca, elemental, imprecisa y poco reflexiva, pone la piel de gallina. Se multiplican los ejemplos de valoración subjetiva sin ningún fundamento.

En el juego de escenarios de los hechos sometidos al escrutinio periodístico, ante tanta imprecisión y desborde conceptual, sobresale la intensa lucha interna entre los colaboradores por imponer sus puntos de vista, al extremo de tomarse la libertad (abuso condenable) de extraer sigilosamente documentos del escritorio presidencial cuando el contenido de la potencial decisión no es de su agrado. Y, todo eso en un ambiente de regaños, descalificaciones que terminan resquebrajando las relaciones políticas y personales.

A la final hay que hacer lo que se quiere hacer y punto. Puede demorarse la definición, pero finalmente sale de la forma como se la impone. El maltrato y una desfigurada conceptualización de la lealtad que se la confunde con complicidad, aparecen en muchos episodios.

Más que un presidente, la figura que emana es la de un patrón que esconde sus enormes limitaciones mediante el uso del temor, está enemistado con la ética y no le inmuta tener esa alta representación política sin dar cuentas del cumplimiento de las obligaciones tributarias.