Memorias andinas de FITUR

El sueño compartido de dos amigos que amaron Guayaquil

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Regresar a Riobamba tras culminar el bachillerato en Quito fue descender a una supervivencia que se negociaba a golpes. Mi barrio no figuraba como zona roja, pero caminar por sus calles al caer la noche equivalía a una agresión física. La ley la dictaban “los vagos”, una cofradía juvenil tachaba de maleantes, aunque en rigor eran obreros y mercachifles, que se embriagaban con furia los fines de semana y las madrugadas vendían en la Plaza de las Gallinas, objetos que, habían desaparecido de casas de otros barrios.

En ese entorno de cuasi analfabetismo, yo era una excepción: el único universitario. Cursaba estudios en la ESPOCH, un bastión dominado por dos facciones de izquierda radical que proscribía la neutralidad. Esa gimnasia ideológica, sumada a mi capacidad dialéctica respaldada por unas golpizas a quienes impugnaban mi presencia, me otorgó un liderazgo y canalicé a esa pandilla embrionaria, similar a muchas que décadas más tarde mutarían en los actuales grupos de delincuencia organizada, hacia actividades comunitarias. Dejaron el alcoholismo marginal para disputar el orgullo barrial en las fiestas cívicas, hasta coronar a una chica del barrio, como reina de Riobamba.

Fue en ese contexto donde apareció quien terminaría siendo un hermano de vida. Era un relegado dentro de la propia gallada: bajito, de fisonomía y apellido indígena. Con una sobriedad que la jerarquía etílica del grupo miraba con recelo. Llegó a buscarme acorralado por el pánico. Necesitaba que intercediera ante los padres de su novia para pedir su mano. Argumentó no llevar a sus progenitores, porque su madre aun vestía atuendos autóctonos, pero el verdadero detonante era biológico: la muchacha estaba embarazada.

En aquellos años, abandonar una mujer en cinta no era un problema del Ministerio de Bienestar Social, se saldaba con sangre. La familia ofendida ejercía un derecho de venganza. Mi presencia, fue el salvoconducto que contuvo a los cinco hermanos de la joven, moles humanas entre las que destacaba un soldado de tropa listo para el linchamiento. La boda se consumó con el vientre de la novia ya inocultable y los mismos mastodontes que planeaban masacrarlo, terminaron agradeciendo mi mediación para lavar esa afrenta del honor.

Los recién casados migraron a Guayaquil. En mis viajes al puerto lo vi surgir desde el subsuelo del comercio informal; primero vendía calcetines bajo el sol abrasador, luego aseguró un metro cuadrado de plástico en una acera de La Bahía; más tarde levantó un puesto de madera con ropa infantil. Poseía una ferocidad inquebrantable para el trabajo y olfato para los negocios. Con la madurez se convirtió en el próspero propietario de tres edificios en la zona más comercial de la urbe. Su hijo se graduó de la universidad y su hija se transformó en una destacada empresaria.

A la par de su ascenso, desde 2003 la cita obligada en el puerto principal era la FITE, la gran feria turística fundada por el promotor catalán Jaime Rull, fallecido hace poco en su natal Barcelona. Evento que convocaba año a año a todo el empresariado turístico del Ecuador, incluidas las empresas de Baños de Agua Santa. En cada viaje, era un deleite recorrer las vibrantes atracciones de Guayaquil, perderse en sus malecones y rendirse ante su deliciosa gastronomía, siempre combinada con el pretexto de visitar a mi amigo.

Hace una década, una llamada nocturna desgarró el teléfono: su hija, ahogada en llanto me comunicó que a su padre lo habían acribillado a sangre fría. Las balas del sicariato segaron décadas de honor y esfuerzo. Semanas después, cuando pude viajar, su viuda me reveló la sentencia que los propios investigadores: ya perdió a su esposo, quédese tranquila si no quiere despedir también a uno de sus hijos. El silencio fue el precio para seguir respirando.

Con aquel asesinato se extinguió también la FITE y el turismo perdió una vitrina brillante. Queda solo la memoria de aquel muchacho que esquivó la pobreza andina para conquistar la riqueza en el puerto. Sin la cita anual que nos unía, sin el calor de mi gran amigo y ante la ola de violencia implacable que hoy desangra a esa hermosa ciudad, no volví a Guayaquil.