Abelardo Pachano

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Así creo que podemos resumir la presentación hecha por el gobierno el miércoles pasado, del ahora llamado Plan de Prosperidad 2018-2021 (título deleznable para el objetivo buscado), que trae algunas novedades interesantes y confirma otras que estuvieron leudando (aunque no muy bien) en las últimas semanas. Finalmente, también ese día concluyó el trámite de aprobación de la ley conocida como de Reactivación Económica. Las reglas quedaron en firme; y, ahora el país puede empezar a utilizarlas. En realidad, ojalá lo haga y concrete los beneficios que sirvieron para su promulgación.

De todo lo conocido, sobre lo cual habría mucho para hablar y existirá tiempo para hacerlo, quisiera rescatar algunos puntos que me parecen de singular importancia. El gobierno, más allá de reiterar que la economía no goza de buena salud ( realidad pura y dura), se compromete a cumplir dos paradigmas fundamentales, o mejor ir hacia su aplicación. El primero, tan conocido en las actividades privadas, pero extraviado en la gestión pública: “No se puede gastar más de lo que se tiene” (añadiría: y bien); y, el segundo: “El Estado es quien más gasta y debe asumir el mayor esfuerzo para cambiar las cosas”. Dicho esto, vamos a tener presente estos dos compromisos, ya que ellos son los pilares mediante los cuales finalmente se pusieron compromisos anuales de reducción del déficit fiscal del orden de los 1.300 millones.

Ahora, ya sabemos que este año será del 3.8% del PIB; el 2019, llegará al 2.8%, para arribar el 2021 a ser apenas el 0.7%. De manera paralela, el déficit primario dejará de existir ya en el 2020 cuando se estima un superávit del 0.6%, que pasaría al 1.5% en el año siguiente. Es decir, por fin el país dejará de endeudarse para pagar intereses.

Como consecuencia de estos compromisos, la angustia fiscal por conseguir financiamiento, deberá declinar a lo largo de estos cuatro años, para pasar del 11% del PIB ahora al 3.5% en el 2021.

Obviamente, hay que estar conscientes que esta línea de política económica exige perseverancia y marca una realidad interna de escaso crecimiento. La desaceleración convivirá y hasta es posible que exista algún grado de recesión. Eso es inevitable e inescapable. Sólo un hecho fortuito podría cambiarlo, pero no hay como sustentar el futuro en milagros. De ahí que sea indispensable acelerar las negociaciones con los multilaterales y de los acuerdos económicos con la Alianza del Pacífico, los EE.UU. y otros países, para incentivar producción nacional que atienda las necesidades de esos mercados; y, con ello cristalizar el otro compromiso explícito de promover la agro exportación y el turismo, que a la final con esfuerzo le podrán cambiar a ese destino magro que el rescate de la sensatez trae consigo.