¿Maquillamos un Geoparque?

La contaminación de los ríos evidencia que la conservación requiere acciones, no discursos.

Richard Carapaz mantiene el tercer puesto de los puntos de la montaña del Tour de Francia 2026.

La narrativa oficial de la conservación en Ecuador ha bordado un tapiz de luz. El Geoparque Mundial de la UNESCO Volcán Tungurahua, se ofrece al planeta como una eucaristía sagrada, un territorio donde la memoria pétrea de la Tierra dialoga con el pulso de los pueblos. Este hechizo geológico parió al Comité Ecuatoriano de Geoparques, tejiendo alianzas con el Geoparque Imbabura y el Geoparque Napo Sumaco. Los folletos son poemas de papel couché, los discursos oficiales ungüentos de retórica, y los cantones participantes ensayan su mejor coreografía de sostenibilidad ante el espejo del turismo internacional. Todo brilla. Todo resplandece. Todo miente.

El embudo del veneno: Las cuatro capitales de la contaminación

Detrás del telón de terciopelo, la geografía exhibe sus cicatrices. La cuenca alta del río Pastaza no es una cinta de plata sino el sistema circulatorio de un cuerpo que se desangra por cuatro heridas provinciales. El río Cutuchi despierta su calvario en Latacunga y Salcedo, arrastrando el excremento de sus calles y el ácido de sus fábricas, engordado por las heces del Pumacunchi. Más abajo, el río Ambato lleva el nombre de la ciudad que lo ha sentenciado a muerte lenta, inyectándole el veneno pesado de sus talleres y la bilis de sus alcantarillas colapsadas. Al sur, el Chibunga repite el ritual con los desechos de Riobamba, sus hospitales y sus casas, para encontrarse con el Cebadas y alumbrar el Chambo. El festín fúnebre se consuma en Las Juntas, donde el Patate y el Chambo sellan su matrimonio de aguas negras. Allí, en ese abrazo turbio, nace el Pastaza. Pero su nacimiento no es un luminoso amanecer, es un ocaso. Es el acta de defunción ambiental de tres capitales andinas que miran al cielo mientras envenenan la tierra.

La hipocresía intercantonal

La ironía se vuelve literatura gótica cuando los mismos cantones que ostentan la medalla de la UNESCO se convierten en verdugos del río que los nombra. Pelileo ahoga el Patate con el caldo químico de sus lavanderías de jeans, un brebaje de permanganato, sosa cáustica y tinturas que tiñen de azul la muerte. Guano escupe sobre el Chambo los residuos de sus cueros artesanales. Patate derrama el veneno lento de sus fumigaciones. Penipe abre sus cañerías y entrega sin pudor sus aguas servidas. Y Baños de Agua Santa, la niña bonita del Geoparque, satura sus quebradas con la huella de sus visitantes.

El Geoparque no es un santuario. Es una confabulación de pecadores que lavan sus manos en el mismo río que ensucian.

Embarrado: El expediente de la Amazonía

Esa corriente de descomposición no se diluye en los encañonados que disimulan su hedor, el peligro bacteriológico viaja intacto. El Pastaza se hunde en la Amazonía, y la selva, que no firmó ningún acuerdo ni posó para ninguna fotografía, recibe la herencia envenenada de tres provincias que juegan a la ecología. Pero Pastaza no es una virgen sacrificada: el río Puyo entrega sin reservas toda la cloaca de la Ciudad Canela.

El pulmón del mundo convertido pozo séptico.

El efecto dominó del veneno andino

Cuando el río Pastaza abandona Baños de Agua Santa, se ensancha y se convierte en la columna vertebral de la llanura amazónica. A partir de Puyo, ese coloso es la única madre que tienen los pueblos ribereños: la que da de beber, la que alimenta, la que baña. El agua corrupta se filtra en los territorios de las nacionalidades Kichwa, Shuar y Achuar, y llega a comunidades como Pomona, Cotococha, Tayu Jee, Copataza y Shaimi. Luego cruza la frontera  y se interna en el departamento de Loreto, en Perú. Allí, en el distrito de Andoas, veintisiete comunidades nativas beben, pescan y viven de sus aguas. Quince mil seres humanos, en el corazón de la selva más profunda, reciben a diario en sus cuerpos y en sus hijos, la flatulencia química de nuestro Geoparque.

Del marketing de foto al saneamiento de raíz

No intento desmerecer el Geoparque Tungurahua, cuyo valor científico e histórico es innegable y se ha realizado un excelente trabajo de difusión, y precisamente es por ello que la misión del Geoparque debe madurar y profundizar en su saneamiento estructural. Que la gestión del Geoparque sea una misión orgánica.

Es inadmisible que un proyecto de la UNESCO se sostenga sobre vallas publicitarias y fotografías que no demandan compromisos reales. El único número que importa es el porcentaje de aguas que regresan depuradas a sus cauces. Dejemos de extender la alfombra sobre el lodo. Todos sabemos que la podredumbre está ahí, latiendo bajo nuestros pies.

Esto no es conservación. Es un espejo para la vanidad de los políticos. Es un veneno que dejamos a nuestros hijos como herencia. Si los gobiernos provinciales y municipales creen realmente en el Geoparque, si les importa el latido de la vida, antes de imprimir el próximo folleto turístico, empiecen a construir plantas de tratamiento.

Que el agua, que es el alma de estos paisajes, deje de ser podredumbre que pasa bajo los pies  de prefectos y alcaldes.