
Muchos gobernantes y sus principales asesores políticos leen El Príncipe – del diplomático, político y pensador florentino Nicolás Maquiavelo – como si fuera la Biblia del poder o el abecedario secreto de sus conductas. Allí buscan y reflexionan – en voz baja – las reglas para ganar, mandar, sobrevivir y perseguir.
Pero los tiempos cambian, aunque el hombre quizá no haya cambiado. Así, sigue existiendo la ambición, el miedo, la deslealtad, la conveniencia y el resentimiento como parte constante de la naturaleza humana. Pero, lo que sí cambió es el escenario, hoy en día, a diferencia de la Florencia de Maquiavelo, hay urnas, extensas e inmanejables redes sociales, archivos digitales y una opinión pública que ya no depende solo de los vencedores.
Maquiavelo ayudó a entender la crudeza del poder, pero no siempre para practicarla sin costo en estos tiempos. Sus ideas explican tentaciones; pero aplicarlas literalmente pudiere afectar la legitimidad y la tranquilidad futura.
Maquiavelo no escribió para almas ingenuas. En El Príncipe escribió una fuerte advertencia: a los hombres se los debe tratar bien o aplastar, porque las ofensas menores permiten venganza y las grandes, supuestamente, las impiden.
Esa idea explica un accionar en el sentido de que, no basta con ganar una elección o derrotar a un rival. Hay quienes creen – inspirados en el lineamiento maquiavélico – que el adversario debe quedar sin voz, sin prestigio y sin futuro político, es decir hay que aplastarlo sin dejarle posibilidad de reacción.
En una democracia sana, el opositor incomoda y fiscaliza. En una democracia enferma, el opositor se vuelve enemigo. Ya no se lo enfrenta con argumentos o resultados, sino con una operación secreta de desgaste moral y legal.
Entonces la crítica se vuelve una amenaza. La investigación legítima se mezcla con espectáculo. La sanción deja de parecer justicia y empieza a oler a escarmiento. El mensaje es claro: quien desafía al poder puede ser triturado.
Nadie debe estar por encima de la ley. Si hay hechos, pruebas y debido proceso, debe haber consecuencias. Pero una cosa es investigar y otra aniquilar. Una cosa es aplicar justicia y otra convertirla en humillación pública y política.
Pero al parecer, el cálculo maquiavélico no vio algo esencial en estos tiempos: las sociedades cambian y también observan los excesos. Cuando el poder golpea con desproporción, puede perder autoridad moral aunque tuviera una causa comprensible y justa.
Allí aparece la paradoja. Así, el adversario debilitado empieza a ganar protagonismo, a asumir un nuevo papel pasando de victimario al de víctima. Y la víctima, en política, algunas veces puede ser más peligrosa que el rival original.
En ese momento, la gente no sólo pregunta qué hizo el opositor, sino por qué el poder necesitó aplastarlo. La discusión deja de girar alrededor de la falta cometida y empieza a girar alrededor de la crueldad del castigo.
Maquiavelo pensaba desde un mundo de principados, traiciones y venganzas inmediatas. La política actual funciona de otro modo. Tiene memorias, percepciones temporales y permanentes, urnas, redes, archivos, hijos, partidos, seguidores y familias políticas .
Un opositor puede ser aplastado. Pero su recuerdo no siempre desaparece. A veces queda como agravio pendiente. Otras veces se convierte en relato. Y, en países de memoria conflictiva como el Ecuador, esos relatos pueden regresar.
La venganza no necesariamente vuelve con el mismo rostro. Puede volver con otro apellido, otra lista, otra alianza o una generación que hereda la desconfianza, la herida o la humillación como bandera.
Por eso aniquilar al adversario no siempre clausura el conflicto. Muchas veces lo posterga. Y lo que se posterga con resentimiento suele volver más duro; y, en dichas circunstancias, el afectado no es solo el político que aplastó, sino sobre todo la República que entra a una nueva suerte de estancación mientras se ajustan cuentas.
Un gobierno necesita firmeza. También necesita autoridad. Pero la firmeza no es saña, y autoridad no es exterminio moral y legal.
La democracia no exige tratar con suavidad al corrupto o al irresponsable. Pero sí exige que incluso frente a ellos, el poder se someta a reglas. Cuando el poder se salta las reglas para castigar a sus enemigos, mañana puede hacerlo con cualquiera.
El gobernante que mira el poder con perspectiva – ya que el poder es temporal y efímero – y con profunda sabiduría no fabrica cadáveres políticos. Produce resultados, protege instituciones y deja que los jueces independientes hagan su trabajo. Si un opositor mintió, que lo derroten los hechos. Si cometió faltas, que se responda con firmeza pero con objetividad ante la ley.
Pero si el poder se excede, puede regalarle al adversario lo que quizá nunca tuvo o ya no tiene: épica, compasión y futuro.
Maquiavelo entendió el miedo. Pero al parecer, no siempre divisó la memoria. En Ecuador conviene recordarlo: quien intenta aniquilar a su opositor, puede terminar corriendo el alto riesgo de resucitarlo.