17 de February de 2011 00:00

De ludopatía y tauromaquia

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Ana María Correa Crespo

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Según el Gobierno, los ecuatorianos hemos resultado ser unos jugadores empedernidos. Por tanto, hay que eliminar la manzana de la tentación para evitar la decadencia de nuestras almas pecadoras. A decir de los magnánimos revolucionarios, los “vicios como la ludopatía corrompen al ser humano” y por tanto se debe declarar al Ecuador un país libre de los juegos de azar y casinos. ¡Alto objetivo nacional!

Para los no iniciados en el tema ludopático, vale aclarar que este es pariente cercano de la cleptomanía y la piromanía, es decir es una perturbación grave. Se refiere a un trastorno sicológico en el que en la persona los impulsos de dedicarse al juego se vuelven irreprimibles a pesar de la conciencia y deseo de detenerse.

Resulta que estos omnisapientes gobernantes de turno conocen tanto la naturaleza humana, como para saber qué es bueno y qué es malo para nuestros espíritus vulnerables. Más aún, están dispuestos a imponer su catequismo doble-moralista a diestra y siniestra. En esencia, no son en nada distintos a aquellos que ayer quisieron acortar el largo de las minifaldas, o prohibir los despliegues públicos de afecto en el malecón 2000. Prevalece en ellos el afán más prepotente y arcaico de dictarnos, cual religión trasnochada, cómo debemos vivir nuestra vida hasta en sus detalles más ínfimos y pedestres.

Ahora con la tauromaquia también sucede un fenómeno curioso. Se aduce que es un fin del Estado constitucional de derechos y justicia, la eliminación de la violencia en todas sus formas. Loable pero incompleto. Si es que ese es realmente el objetivo que se persigue, habría que empezar preguntándole al soberano, si es que está de acuerdo con eliminar del léxico presidencial el lenguaje agresivo que ha incendiado al país los últimos 4 años. La pedagogía gubernamental sabatina, seguramente no pasaría el filtro de “no violencia” que tanto se preconiza.

Que si en el país debe o no perdurar la tradición taurina, es un tema que merece un debate pausado, no sujeto al sinsentido de un nuevo proceso electoral -el enésimo- que buscará otra vez que adhiramos ciegamente a quien nos gobierna. Ayer fue la venta de licor, un programa de televisión, mañana serán los toros y los casinos, y el día después, probablemente el cigarrillo y las telenovelas subidas de tono (según lo dictamine el Consejo Regulatorio). Facetas todas -unas más trascendentes que otras- de un Gobierno con una voluntad moralista e inquisitoria dispuesto a minar nuestra capacidad de autodeterminación.

Nada nuevo bajo el sol. Un retroceso más de un Gobierno que hace rato dejó el progresismo. ¿Se habrán resuelto los problemas del Ecuador cuando ludópatas y tauromáquicos estén puestos bajo el buen recaudo de la revolución ciudadana?

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