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No se han dado indicios de la voluntad política para emprender en una gestión de la economía nacional, diferente a la prevaleciente en casi una década. El nuevo período gubernamental se ha estrenado con anuncios sobre las obras a ejecutarse, o con medidas tocantes a problemas que deben ser encarados bajo una estrategia nacional clara. No se vislumbra la adopción de un camino cierto para conducir al país hacia objetivos y metas que signifiquen el mejoramiento del actual nivel de vida de la población. La planificación económica, otrora pilar importante en la conducción de la economía, parece haber entrado en un réquiem en el Ecuador.
Desde mediados del siglo XX hasta los albores del actual, la planificación fue una brújula indispensable para el debate y la acción frente a los complejos problemas estructurales del país. No fue un mero ejercicio burocrático, sino una herramienta muy útil para la identificación de las prioridades nacionales. Si bien no estuvo exenta de limitaciones y desafíos, se sentaron las bases para un incipiente proceso de diversificación productiva, la expansión de la infraestructura energética y de transporte, y una mayor inversión en capital humano.
Sin embargo, a partir de 2018, en consonancia con la irrupción de la corriente neoliberal y los postulados del Consenso de Washington, la planificación ha sido relegada por políticas públicas fragmentadas, a menudo reactivas y desprovistas de una visión integral de país. Bajo la premisa de que el mercado asigna eficientemente los recursos, se impulsó una reducción drástica de la intervención estatal en la economía. El enfoque se centró en la reducción del déficit público, la flexibilización laboral y la apertura comercial, con la expectativa de que el “derrame” de los beneficios del crecimiento impulsado por el mercado resolvería los problemas de pobreza y desigualdad. Este giro ha dejado a la economía ecuatoriana a la deriva, navegando sin un rumbo claro en un mar de crecientes desigualdades y pobreza, y marcó un punto de inflexión para la planificación.
El resultado es un país que, a pesar de sus vastos recursos, sigue estancado en una situación de pobreza e inequidades sociales. La economía se encuentra vulnerable a los vaivenes de los mercados internacionales, con una limitada capacidad para generar empleo digno y diversificar su matriz productiva. La dependencia de las exportaciones de productos básicos y la falta de apoyo estratégico al sector productivo han exacerbado la crisis, evidenciando los límites de un modelo que confía ciegamente en las fuerzas del mercado sin la dirección del Estado.
La necesidad de actualizar la institucionalización de la planificación en Ecuador, como una herramienta moderna, flexible y participativa, que responda a los desafíos actuales, se vuelve perentoria. Es indispensable establecer prioridades en la conducción de la economía y adoptar un estilo de desarrollo basado en la dinamización productiva y la equidad.
El rescate de la economía ecuatoriana no puede depender de la casualidad o de la mera acción de fuerzas invisibles del mercado. Requiere de una brújula, de una guía que oriente las decisiones y los esfuerzos hacia un destino común. La planificación, con su capacidad otorgada por el conocimiento, la visión estratégica y la participación ciudadana, es esa brújula.
Como bien lo ilustra la célebre frase de Lewis Carroll en Alicia en el País de las Maravillas, cuando Alicia pregunta al Gato de Cheshire sobre qué camino debe tomar: “Eso depende en gran parte de adónde quieras ir”, fue la respuesta. Si no se sabe a dónde vamos, cualquier camino es válido, pero ninguno conduce necesariamente a un destino deseado. El Ecuador merece más que caminar sin un propósito claro.