Juan Esteban Guarderas

El silencio ecuatoriano

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Viernes 21 de diciembre 2018

¿Cuál es el precio de la farra? La palabra es justa – farra – porque lo que pasó fue un festín de emociones. Nos chumamos con las palabras “patria altiva y soberana”, “prohibido olvidar”, “manos limpias, corazones ardientes”, “la patria ya es de todos”, y con ese impulso quitamos el freno de mano.

Decidimos gastar como si no hubiera un mañana, nos bañamos en plata, dilapidamos el mayor boom petrolero y encima nos endeudamos hasta los huesos.

Yo me pregunto, ¿cuál es el precio de la farra? Los montos estimados de pérdidas por la corrupción son extremadamente variados. Según la Presidenta de la Asamblea Nacional son 24 mil millones de dólares, según el Banco Interamericano de Desarrollo, BID son 70 mil millones de dólares. Difícil de interpretar datos tan dispares. Pero es curioso comprarlos con la información de la deuda.

En el 2009 la deuda estuvo alrededor de los 15 mil millones, al final de la pasada administración se situó en 59 mil millones, es decir hubo un aumento de 44 mil millones (casi se cuadruplicó el monto). Entonces, si tomamos los estimados más bajos de la corrupción, esta es más de la mitad del aumento de la deuda.

A veces me entristezco pensando que el precio de la farra será nuestra hermosa naturaleza (tan mal cuidada y menospreciada por nosotros). Es decir, como nuestra economía no nos permite pagar la deuda, como no tenemos la industria ni el desarrollo que permita que la solventemos (ni siquiera estamos exportando electricidad, como se nos había prometido con las consabidas hidroeléctricas), entonces de algún lugar tendremos que sacar los recursos. La respuesta es de nuestros bosques, de nuestras fuentes de agua, de las selvas; así la minería se vuelve prioritaria y la explotación del Yasuní indispensable.

¡Qué farra tan dolorosamente cara! Pero hasta que se dilapiden nuestros recursos naturales, de algún lado tenemos que sacar para pagar los salarios del sector público. Entonces se transfiere el peso del muerto a la gente. Del cajón se saca la tijera y se va cortando, zas, zas, zas, la gasolina, zas, zas, a ver dónde cae luego el recorte. Ojo, no es que esté yo a favor de los subsidios, pero sí me parece escandaloso ese endoso de la factura.

Escandaloso pero no del todo inmerecido. ¿Se acuerdan cuando envalentonados por una buena sabatina – y el resto de masiva publicidad – el pueblo salía gustoso a votar “Todo, todito”?
Desmedido el precio que ahora se paga por esos votos románticos, puede ser. Pero hay un silencio elocuente. ¿Silencio de aceptación? ¿Silencio de resignación por saber la propia culpa? ¿Silencio de chuchaqui luego de la farra?

No hay nadie en las calles, pero eso no quiere decir que no haya mensaje. ¿Cuál es el sentido de ese silencio?