Jesús Cobo o el “gran arte” escultórico

La escultura de Jesús Cobo nace del diálogo entre materia, tiempo y epifanía. Funde todo aquello que está más allá de las formas.

Fecha de publicación:

Fecha de modificación:

“Una vez descubrí que la tierra era alto monte a un lado y hondo abismo al otro con el ser humano al centro”, grabó Jesús Cobo (Chunchi, 1953), quizás el único artista escultor de su generación que ha accedido al “gran arte”: nominación que sigue en pleno apogeo (Francisco Calvo Serraller, 2020).

Epifanía metafísica, umbral cuyas creaciones rasgan el velo de lo aparente para revelar la esencia primigenia que palpita en el corazón de la realidad. La materia rendida ante el misterio. Escultura que no plagia el mundo y la vida, sino que los desnuda, haciendo audible el eco de esa verdad subyacente y atemporal que habita más allá de las formas.

Breve oleaje de polvo

¿Cuándo ocurrió ese impulso del artista para escribir lo que sería la divisa de su obra: “alto monte y abismo y el ser humano al centro”? ¿En Chunchi, Chimborazo, donde nació; geografía milagrosa que acopia cordillera y valles, bajo el abrazo de la niebla?

¿En Quito, cuando estudiaba en el Colegio Universitario de Artes? ¿Durante su estancia en Italia cuando, poseído por el encantamiento que anida en el mármol, trabajaba con febrilidad única?

En cualquier ámbito ahí está la enseña de su arte, suspendida en el tiempo y en el espacio, sumiendo en su silencio al artista –fuego que purifica y devasta–. Él, absorto en sus reflexiones y ensueños, palpando esa lógica de formas, líneas y volúmenes que constituyen la sustancia de su obra, y que siempre están más allá.

El espacio fluye en la obra de Jesús y se dilata y represa gracias a golpes de gracia. Tiempo revertido en extensión y el tiempo sólido: cubos, bloques, pirámides, cuerpos… Espacio que discurre y tiempo fijo, movimiento cósmico.

El arte de Jesús erige y suprime, erige y suprime… Conciliación de espacio y tiempo, encarnación del movimiento en formas indelebles: mármol, piedra, hierro, bronce, acero inoxidable… ¿Y el ser humano? Es uno de los signos que el movimiento que envuelve su obra erige y suprime… Somos un breve oleaje de polvo que el aire demora en desvanecer.

En su niñez desentrañó la arcilla en las acequias –virtud de ver y mirar: ver dos veces–. Aprehender el fondo y el trasfondo del mirar y su gravedad. Halló el orbe de la representación tridimensional. Todos y todo lo que lo circundaba se convirtió en asuntos para su recreación. Luego, por el trabajo de su padre, se sintió trasplantado a la selva tropical: sumun de colores y sonidos.

A este ámbito volvió, consumado artista ya, para hurgar en el sortilegio de las nupcias del agua con la piedra. Música, formas, devaneos, suscitaciones… Allí trabajó su serie Piedra-Agua, 1994. Escritura en su piel y su sangre. Vestido de llamas que recubrían las heridas del tiempo, sintió –como lo haría un chamán– lo que alguna vez fue, buscador del agua, pero en sus ojos no había agua, eran de piedra.

Ecléctico en la materia, alterna insumos; ecléctico en las formas, asimila las libertades propuestas por la nueva escultura. El arte de Jesús oscila entre la tradición y las vanguardias. Sustancia cautivada por su genio –meditación y oficio–; ahí está la esencia trabajada bajo su pulso, sometiéndola a su arbitrio, en esa sutilidad cambiante de las coloraciones.

En la materia está la matriz de la vida y de las verdaderas obras de arte. La obra de Cobo es una sucesión de arrestos de la vida naciente. ¿No es el demonio de la materia la que convoca al artista que deviene escultor?

La serie Los Andes (1997-1998). Paisaje. Ruptura con las formas cerradas anteriores: ¡ese desaforado rastreo de innovación de este artista grande de América! Instalación en el riesgo del equilibrio y la resistencia, exploración de la tesitura del vuelo como un olvido del tiempo, ante la imperturbable certeza de la montaña.

La verdadera misión del escultor es la profundidad. Y eso es Jesús. Erotoma es una serie que prueba su irreprimible fuerza creadora, sondeo de nuevos horizontes para su arte. Erotismo, amor, sexualidad: la tríada de la vida. En su raíz, latente, la muerte, y la vida que continúa, impertérrita.

Coherencia como masa o volumen. Equilibrio y ritmo. Poder discursivo. Potencia engendrada en estadios de conciencia profunda, la obra de Jesús debería recorrer museos y galerías del mundo, para que desaprendamos la barbarie sofisticada en la que vivimos y volvamos a habitar la mirada del otro, allí donde la técnica enmudece y el espíritu vuelve a nacer.

La música es su reciente serie, 2026. Materialización de ideaciones abstractas. Acero inoxidable. Lava volcánica. Desgarro del ser creador. Color y formas del ser y de las cosas.

Una barba blanca rubrica su impetuoso paso por el tiempo, cumpliendo su misión de artífice del “gran arte” escultórico.

“Al dorar una granada, si se corta profundamente por el medio, muestra un corazón bañado en sangre, tiñendo una veteada humanidad” (Anónimo).