El turismo es en su raíz más noble el culto de la libertad: un pacto de fronteras abiertas, curiosidad sin cadenas, seguridad física y jurídica, además de empatía entre culturas. Es el arte de acoger al forastero sin exigirle sumisión ideológica ni someterlo al miedo. Por eso, cuando los ministros de Turismo del bloque BRICS se reunieron en la histórica Ciudad Rosa de Jaipur, en la India, para proclamar que tienen en sus manos el futuro del turismo global, el asombro es abrumador.
Visto desde el Ecuador, una nación democrática que sabe de primera mano que el turismo no florece bajo la violencia con uniformados rondando las carreteras, el manifiesto de Jaipur es una tragicomedia diplomática; un banquete muy caro donde los abanderados del conflicto mundial, reparten ramos de olivo hechos con plomo.
Para entender este absurdo, miraremos quiénes lo integraron originalmente: Rusia, el régimen unipartidista de China, India, Brasil y una Sudáfrica carcomida por crisis internas. Luego abrieron sus puertas a las teocracias de Irán, Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos, junto a Egipto, Etiopía e Indonesia. También son “partner countries” Bolivia, Cuba, Bielorrusia, Kazajistán, Malasia, Nigeria, Tailandia, Uganda, Uzbekistán y Vietnam. Un coctel imposible de mezclar.
No existe entre ellos una visión común de la dignidad humana. En su propia mesa se sientan enemigos declarados como India y China. Lo único que amalgama esta alianza es su campaña contra el modo de vida occidental y su obsesión por destruir el dólar. La mayoría de ellos desprecian al mundo democrático, pero viven de venderle petróleo y manufacturas a Estados Unidos y Europa.
La declaración establece cuatro grandes prioridades: Inteligencia Artificial y Turismo; Sostenibilidad y Turismo Responsable; Capacitación y Desarrollo de Competencias; e Intercambios Turísticos y Facilitación de Viajes.
Resulta cáustico que las mayores factorías del espionaje digital, la censura algorítmica y el reconocimiento facial militarizado ofrezcan tecnología para “cuidar al viajero” que en varios de estos países usualmente es clasificado, rastreado y vigilado en cada movimiento.
Sobre la Sostenibilidad, alertan contra los peligros del sobreturismo, como si las multitudes estuvieran asediando sus ciudades. La mayoría de estos regímenes padece el desierto absoluto que provoca la guerra, la intolerancia religiosa y la falta de garantías legales. Bautizan su aislamiento como “prudencia ecológica”.
Pregonan cielos abiertos y facilitación de viajes mientras imponen visados draconianos, sus monedas no tienen aceptación ni convertibilidad mundial; y sus cielos están cerrados por sus desventuras bélicas.
Quien bombardea a su vecino y se aísla de la aviación civil internacional no puede ofrecer posada y sus aeropuertos son trampas geopolíticas donde el ciudadano libre corre el riesgo de ser convertido en moneda de cambio. Una teocracia que encarcela a sus mujeres por mostrar el cabello jamás será refugio para el espíritu libre de millones de mujeres occidentales viajeras. La muralla de cristal es la maquinaria emisora de turistas más grande del planeta para que exploren y consuman las libertades de Occidente, pero puertas adentro se vive en una jaula biométrica.
Nadie viaja hacia el miedo, ni busca la belleza donde la dignidad individual está siendo machacada. El turismo no crece mediante cumbres ministeriales con declaraciones mentirosas, por muy masivos que sean sus países. El turismo fluye orgánicamente hacia donde reinan el Estado de Derecho, la libertad, la seguridad, la limpieza y la paz.
La mayor ironía de este club antidólar, no está en estos pronunciamientos huecos, como el de Jaipur, sino en la conducta de sus propios ciudadanos: en cuanto un ruso, un chino o un iraní tiene un pasaporte válido y ahorros en el bolsillo, no vuela hacia donde sus socios antinorteamericanos; toman un avión hacia el mundo libre y democrático. Los vemos deambular en cada rincón de Europa.
El turismo es, ante todo, un acto de confianza, pero su debilidad es tan grande, que se presta a estas bufonadas internacionales y nadie cuestiona, al contrario, los medios se convierten en ecos de sombras.