
Es un libro grande del cual se desprende el aroma del tiempo. Pasta dura. En la portada un grafismo de líneas que remiten a dibujos rupestres. El rojo encarnado de la cubierta y los destellos solares que debieron emanar del grabado de la cubierta ahora se muestran desvaídos, mustios.
Se trata de Arte contemporáneo (1958) de Juan Eduardo Cirlot, impreso en España. Hojas de papel antiguo que ahora se llamarían cartoncillos. Amarillo opaco. Resalta la letra grande de los textos. Su dueño fue maestro de artes plásticas –él mismo artista pintor y escultor–.
Las letras casi perfectas me recuerdan los rigurosos ejercicios caligráficos de la infancia cuando el profesor los revisaba, aprobando con una media venia los cuadernos cuyas páginas exhibían las letras que a él lo complacían; los demás debían repetirlos cuantas veces demandaba su implacable disciplina.
Las letras de la dedicatoria del libro de Cirot debieron salir de algún plumero de plumas de avestruz, así como de un tintero de cristal la tinta con la cual fue escrita. ¿Por qué guardo esa sensación? Quizás porque mi amigo me relató que un tío anticuario le legó algunos adminículos. Rezuma afecto la dedicatoria, de aquellos que no doblegan los años.
En cada capítulo su dueño pasó horas absorto pegando láminas ilustrativas. Las imágenes intactas, colores vívidos que guardan la luz de lo recién impreso. En un simple recorrido hallo Impresión, sol naciente de Monet; Gran desnudo de Renoir; El balcón de Manet… En las cien últimas páginas –en espléndida conjunción blanquinegra– decenas de obras de otros pintores y escultores.
Solía visitarme los viernes. Jaime Valencia (Quito 1914-2010), pintor, escultor e ideólogo. Pequeño, enjuto, nervioso; los pliegues de sus manos delataban su edad y en nuestro abrazo sus pupilas parecían danzar con un rastro de brillo –huellas de su pasado– que solía recrear en nuestras reuniones.
¡Cuánto quería el libro que me obsequió! Lo dijo el momento de ponerlo en mis manos: “Este es el libro que sé de memoria, tengo una biblioteca con libros de arte, pero este es mi preferido”. Cuando me lo dio ya se notaba su desgaste por el uso.
Valencia fue el ideólogo de su generación. En 1926 se fundó el Partido Socialista Ecuatoriano y en 1931 el Partido Comunista. El ciclón de las revoluciones industrial, mexicana y rusa removieron la conciencia de artistas y pensadores que se alinearon bajo sus postulados. Él se convirtió en su mentor.
Valencia fundó el Grupo Contemporáneos. Al principio fueron todos: Camilo Egas, Luis Moscoso, Oswaldo Guayasamín, Galo Galecio, John Schoider, Diógenes Paredes, Eduardo Kingman, Bolívar Mena Franco, José Enrique Guerrero, Carlos Rodríguez Torres, “el más revolucionario de todos”… Pronto se fueron; unos por el socialismo, otros por el comunismo, los demás por su propio camino.
No obstante sus convicciones políticas –pocos se exoneraron del vendaval del realismo social y del indigenismo (expresiones controvertidas)–, Valencia se internalizó en distintas corrientes. En sus inicios y con su estilo personal, ejecutó obras inscritas en el neoexpresionismo; luego se apartó sin abdicar de sus raigalidades.
Su impronta se nutrió en los postulados de Vasili Kandinski. El almanaque El jinete azul, 1912, suerte de breviario del expresionismo alemán, se convirtió en su brújula. Esta compilación de ensayos y obras preconizaba la liberación del arte visual y su gravitación en el espíritu, excluyendo el materialismo. Sus páginas que reunían pinturas, grabados y dibujos de clásicos, así como de artistas contemporáneos, se constituyeron en guía de las realizaciones artísticas de Valencia.
Un episodio del artista es aquel que me confió en el sentido de su predilección por la música clásica y la fascinación que le causaba la de Stravinski. Por los 80 del siglo anterior, tituló una de las obras de su ciclo del paisajismo abstracto Metáfora, música de Stravinski.
Varias ocasiones –me relataba– pintó escuchando música clásica, lo que no disminuyó su pasión por la nuestra. Basta recordar su autoría –aunque no se lo nombra casi nunca– de la tercera estrofa de nuestra Vasija de barro, el “himno no oficial del Ecuador”:
“Arcilla cocida y dura,/ alma de verdes collados./ Barro y sangre de mis hombres,/ sol de mis antepasados”…
Valencia trató de amalgamar realismo social e indigenismo con la matriz del abstracto puro de Kandinski, ¿alcanzó la sinfonía visual del artista ruso?
“Ritmos brutales que quiebran el suelo,/ danzas paganas que vuelan al cielo,/ Las cuerdas desgarran,/ los bronces golpean,/ el compás se acelera, las sombras gotean” (V. K.).