Juan Valdano

Los italianos en Ecuador

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Miércoles 16 de septiembre 2020

Al igual que otros países de América, el Ecuador ha sido receptor de corrientes migratorias procedentes de Europa y Asia. Muchos de los que llegaron se quedaron, aquí encontraron oportunidades para hacer sus vidas, laborar e integrarse a la sociedad ecuatoriana, a la que contribuyeron con su cultura y sus esfuerzos en la construcción de la patria que les acogió. No ha sido el Ecuador un país al que han llegado masivamente oleadas de inmigrantes transoceánicos. Durante el siglo XIX y primera mitad del XX, época de las grandes diásporas de europeos y asiáticos hacia el continente americano, el Ecuador fue un destino casi ignorado en el desplazamiento de las corrientes migratorias.

A partir de la década de 1870 empezaron a llegar a Guayaquil familias de italianos que, al principio, se establecieron en el barrio del astillero; allí instalaron pequeños negocios que luego crecieron hasta convertirse en importantes empresas de importación de vinos, licores y harina de trigo, esta última la materia prima para la elaboración de fideos, galletas y pastas, productos en los que los italianos son indiscutidos maestros. Este fue, justamente, el caso de mis abuelos paternos quienes a este país llegaron procedentes de Rapalo (Liguria), en 1876. Una vez instalados en Guayaquil se dedicaron a la destilación de licores y a la fabricación de fideos, según lo asevera la historiadora Jenny Estrada.

Los italianos que se instalaron en Guayaquil llegaron con una mentalidad progresista y de trabajo que pronto les reportó halagadores resultados económicos. A causa de arraigados criterios que se arrastraban desde la colonia, las clases pudientes ecuatorianas, cuyo prestigio se fundaba en la ociosa posesión de tierras agrícolas, menospreciaban la actividad mercantil por considerarla inferior, por lo que de ella se ocupaban las clases populares y los extranjeros quienes empezaron a copar los ámbitos del comercio y la industria.

En un país como el Ecuador de finales del siglo XIX, donde la industria alimentaria era casi desconocida y en el que los hábitos del comer y el beber no habían cambiado mayormente desde la colonia, las novedades que a la mesa trajeron los italianos vinieron a transformar radicalmente el gusto por los nuevos sabores y, con ellos, la vida de las clases altas y medias de nuestras ciudades. El negocio creció pronto hasta convertirse en una próspera fábrica de galletas y fideos con decenas de obreros. Ello no impedía para que el sitio del laboro fuese también punto de encuentro de otros italianos, un lugar para la charla distendida, pues en la trastienda nunca faltaba un jarro de vino que mantenía vivo el placer de la tertulia, la evocación de la patria lejana a la que se la recordaba en la música de Verdi, en sus canciones, en esas arias napolitanas tan sentimentales y nostálgicas.