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Hace unos días, un amigo que produce cuñas publicitarias publicó algo que me dejó frío, aunque no precisamente sorprendido. Algunas marcas habían dejado de contratarlo porque ahora podían resolver parte de ese trabajo con inteligencia artificial.
Pensé en los años que toma educar el oído, aprender a grabar, equivocarse frente a una consola y descubrir que un pequeño detalle puede cambiar una pieza completa. Después pensé en la otra opción: escribir unas instrucciones y recibir, segundos más tarde, algo suficientemente parecido.
Ojo con esa palabra: parecido.
Porque quizá allí empieza la discusión. Para muchas necesidades comerciales, lo suficientemente bueno, rápido y barato puede terminar derrotando a lo excelente.
No voy a posar de purista. Sería absurdo. En 2026, negarse a conocer la inteligencia artificial me parece tan poco práctico como habría sido ignorar internet cuando empezó a transformar nuestra manera de comunicarnos.
Yo mismo la utilizo en comunicación, música, escritura y desarrollo de proyectos. Puede ordenar información, abrir posibilidades y permitirnos probar ideas que hace pocos años habrían requerido mucho más tiempo o dinero. El problema, para mí, no está en utilizarla, sino en borrar la línea entre herramienta, autor, creatividad y ética.
El problema no es que una máquina pueda apoyarnos a crear. Es empezar a creer que crear y generar son exactamente lo mismo.
En música lo veo con especial claridad. Hoy alguien puede grabar una idea sencilla con guitarra y utilizar una plataforma capaz de devolverle arreglos, instrumentos y una producción completa en segundos. Para un músico independiente puede ser extraordinario. Pero la misma facilidad obliga a preguntarnos qué ocurre con el estudio, el arreglista, el músico de sesión o el ingeniero cuando aquello que antes necesitaba varias personas empieza a resolverse con un botón.
Ya vivimos transformaciones parecidas en los ochenta y noventa con sintetizadores, cajas de ritmos, MIDI y computadoras. La diferencia es que ahora la tecnología no solamente ejecuta una tarea: también puede imitar un resultado creativo.
En comunicación aparece otro fenómeno que me inquieta. Me ha pasado leer un comentario brillante en redes y, a mitad del texto, empezar a preguntarme si realmente alguien lo escribió así. Frases impecables, estructuras perfectas, argumentos ordenados y, a veces, una extraña sensación de encontrar la misma voz detrás de nombres diferentes.
No me preocupa que alguien utilice una herramienta para expresarse mejor. Me inquieta empezar a no saber dónde termina la persona y dónde comienza la respuesta automática.
Podríamos terminar en un escenario bastante absurdo: inteligencias artificiales creando publicaciones, otras contestándolas y otras resumiendo la conversación mientras los humanos simplemente deslizamos la pantalla.
En la gestión cultural, el dilema me preocupa desde otro lugar. Trabajamos con memoria, patrimonio, testimonios y comunidades. Una herramienta puede ayudarnos a restaurar una fotografía, ordenar un archivo o imaginar una puesta en escena. Pero una voz sintética no puede sustituir sin más el testimonio de una persona, ni una imagen generada debería ocupar el lugar de un documento histórico sin que sepamos qué estamos viendo.
Ahí la discusión deja de ser solamente tecnológica. También se vuelve ética.
Y hay algo más difícil de reemplazar: la experiencia humana compartida. El teatro necesita cuerpos respirando frente a otros cuerpos; un concierto ocurre también en el error, la energía y la reacción del público; una exposición cambia cuando alguien se detiene frente a una obra y la mira desde su propia historia. La tecnología puede ampliar esas experiencias, pero otra cosa es pretender sustituirlas por completo.
La inteligencia artificial no se va a detener. Tampoco se trata de vivir al margen. Hay que aprender a utilizarla, entenderla y aprovecharla. Pero tendremos que decidir qué cosas queremos seguir haciendo nosotros.
Quiero pensar que, mientras aumente la producción artificial, también crecerá el valor de aquello que podamos reconocer como genuinamente humano: una voz que se quiebra en un concierto, una guitarra que no quedó milimétricamente perfecta, una conversación donde alguien duda antes de responder o una historia contada por quien realmente la vivió.
Tal vez el futuro creativo no dependa de competir contra las máquinas en velocidad. Esa batalla ya está perdida. Dependerá de aprender a utilizarlas sin entregarles el timón.
Y mientras eso ocurre, podemos empezar por algo sencillo: exigir transparencia cuando una voz, una imagen o una canción sean sintéticas, valorar el trabajo humano que todavía existe detrás y no confundir eficiencia con creatividad.
Porque una máquina puede ayudarnos a llegar más lejos.
Lo que todavía nos corresponde decidir es hacia dónde queremos ir y cuánto de nosotros queremos que llegue hasta allí.
