
Este tema es manido en círculos de la política, la educación y la economía. Y el desgaste es tal que para algunos ha perdido significado. E incluso ciertas personas sostienen que debemos liberarnos del “peso” del pasado y sus símbolos.
Estas miradas son respetables y merecen consideración, pero quedarnos en la medianía o indiferencia no parece aconsejable, por varias razones: los pueblos tienen memoria, aunque no reciten los acontecimientos más relevantes; los estigmas no deben ser olvidados porque, en esencia, son aprendizajes; y, porque es necesario y urgente reconocer nuestras fortalezas, sobre todo en los espacios de la cultura, para recuperar la identidad en la diversidad e intentar construir futuros posibles.
Una idea matriz -poco pretendida- es pensar el mundo desde el Ecuador; es decir, desde nuestras raíces. Este primer paso es importante porque en el siglo XXI vivimos imbuidos por corrientes externas que expresan influencias colonizadoras de gran impacto, en nombre de la globalización tecnológica, que diluyen progresivamente los valores ancestrales de los países periféricos.
El pasado, dentro de esta reflexión crítica, no es un legado pasivo o una herencia sin beneficio de inventario, sino una estructura invisible pero real que rige nuestros comportamientos y visiones. Representa los imaginarios, la tradición oral, el tejido social construido por las generaciones, los avances y retrocesos de una sociedad colmada de héroes y mártires, de virtudes y pasiones, de mitos y fragmentos de avatares en los diferentes estadios de la historia nacional.
En este tráfago aparecen íconos relevantes, aunque desgastados, que yacen instalados en nuestras neuronas: la independencia, la libertad y la democracia. La independencia ya no es el sonido de trompetas, ni las marchas triunfales; es la emancipación del sistema colonial que, paradójicamente, pervive en nuestros genes y en nuestra cultura mestiza. La libertad -esa opción por el pensamiento autónomo- es como el aire que respiramos. Es una palabra hueca que otros países añoran porque la han perdido. Y la democracia, la institución imperfecta que, de tiempo en tiempo, ciertos líderes intentan demolerla.
Repensar el Ecuador desde dentro es importante. Identificar sus fortalezas -que son numerosas-, promover diálogos vivos e intergeneracionales, instalar proyectos de ciudades cuidadoras orgullosas de sus orígenes, cambiar el sistema educativo que entontece, e idear modelos de presencia participante del Estado -desde la ciudadanía– para hacer viable un proyecto de país, donde la independencia, la libertad y la democracia no sean lo que son ahora: enunciados, que apasionan a muy pocos.