El idioma que vuelve a sembrarse

En una pequeña escuela de Cuenca, los niños aprenden kichwa junto al español y al inglés. Una experiencia que demuestra que mirar hacia el futuro no necesariamente significa dejar atrás las palabras con las que también aprendimos a nombrar nuestro entorno.

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Blog Ruido Colectivo

Achachay cuando el viento pegaba de golpe en las mañanas frías de Cuenca. Ayayay cuando la lección no estaba aprendida y la regla del profesor parecía demasiado cerca. Ñaño para llamar al cómplice de juegos, guagua para el más pequeño de la casa, taita y mama para nombrar a quienes, cuando uno vive lejos, se extrañan todavía más.

Crecimos con muchas de estas palabras metidas en la conversación cotidiana, en la voz de los abuelos y en las calles de nuestro diario vivir. Eran tan nuestras que pocas veces nos preguntábamos de dónde venían. Simplemente estaban ahí, formando parte de una lengua que usábamos incluso sin saber cuánto de ella había llegado hasta nosotros.

En la escuela, sin embargo, la urgencia parecía apuntar hacia otra dirección. Había que aprender el idioma que prometía abrirnos las puertas del futuro: Yellow. Window. Table. Yes. Thank you. El inglés era la segunda lengua que había que conquistar y, sin darnos cuenta, muchas palabras que ya habitaban nuestra vida quedaban fuera del aula.

Una lengua se mantiene viva cuando encuentra una nueva generación dispuesta a pronunciarla.

Cuando era niño, mi padre trabajó como profesor en una zona rural de la Costa. Recuerdo que en casa quedó una revista a colores con palabras y frases de raíz andina. No recuerdo quién la publicó ni exactamente cómo llegó hasta nosotros. Lo que sí recuerdo es que no le presté demasiada atención. A esa edad me parecía más importante aprender lo que venía de lejos que preguntarme por aquello que ya estaba cerca.

Una escuela que habla tres idiomas

Pensé en aquella revista esta semana al leer en un medio de comunicación una historia sobre el inicio de clases en Patapamba, en la parroquia Turi, Cuenca.

“¡Alli shamushka kay yachana wasiman!”. Bienvenidos a esta escuela, a esta casa del saber.

Así comenzó el año lectivo en el Centro Educativo Comunitario Intercultural Bilingüe Marco Martínez. Tiene apenas 27 estudiantes, pero lo que sucede allí merece detenerse a mirar. Los lunes y martes se prioriza el kichwa; miércoles y jueves, el inglés; y los viernes, el español. La hora cívica y el Himno Nacional también encuentran un espacio en kichwa.

Me gusta esa imagen porque rompe una falsa elección que durante años pareció inevitable: avanzar o conservar, mirar hacia adelante o mirar hacia atrás. En Patapamba, un niño puede aprender inglés sin tener que dejar el kichwa en la puerta de la escuela.

Aprender desde el lugar donde se vive

La experiencia va más allá del idioma. En Matemática aparece la taptana cañari; el calendario educativo conversa con celebraciones como el Pawkar Raymi, el Inti Raymi, el Killa Raymi y el Kapak Raymi; y los docentes visitan los hogares porque entienden que una parte del conocimiento también vive fuera del aula.

No se trata de encerrar la cultura en una vitrina ni de sacarla únicamente para una fecha cívica. Se trata de permitirle seguir funcionando. Una tradición permanece viva cuando sirve para aprender, conversar, contar, sumar, celebrar y comprender el territorio donde uno crece.

Eso resulta especialmente valioso en una época en la que hablamos tanto de inteligencia artificial, competencias digitales y preparación para un mundo global. Todo eso es necesario. Pero aprender a comunicarnos con el planeta no debería exigirnos olvidar las palabras con las que también aprendimos a nombrar nuestro propio entorno.

Veintisiete posibilidades

La historia tiene además una fragilidad que no conviene romantizar. Este año la escuela no tiene estudiantes matriculados en séptimo de básica y la migración continúa golpeando a muchas comunidades rurales. Por eso esos 27 alumnos no son solamente una cifra: son 27 posibilidades de continuidad.

Leyendo la noticia desde el norte recordé nuevamente aquella revista de mi infancia. Hoy puedo desenvolverme en inglés y agradezco haberlo aprendido. Lo que me produce cierta nostalgia es pensar que nunca dediqué el mismo esfuerzo a conocer una lengua que estaba mucho más cerca de mi propia historia.

Por eso experiencias como la de Patapamba merecen ser reconocidas, acompañadas y, cuando sea posible, tomadas como referencia por otras instituciones. No para que todas las escuelas reproduzcan exactamente el mismo modelo, sino para recordar que la educación también puede partir del territorio, de la memoria y de aquello que una comunidad ya sabe.

Y la tarea tampoco corresponde únicamente a los maestros. Como padres podemos aprender junto a nuestros hijos, recuperar palabras, preguntar a los mayores de dónde vienen, acercarnos a una lengua que quizá escuchamos durante toda la vida sin detenernos realmente a conocerla.

Quizá eso sea lo más valioso de aquella pequeña escuela de Turi: no está enseñando a sus alumnos a escoger entre sus raíces y el futuro. Nos está demostrando que pueden caminar con ambos.

Así que también nos toca un pequeño jalón de orejas por shunshos: Yachanaka ashka tiyan, todavía hay mucho que aprender. 

Jueves, 16 de julio