La historia como arma ideológica

Hacer historia no es recordar, es comprender

Sebastián Beccacece, DT de la Selección de Ecuador, tras el empate ante Curazao en el Mundial 2026.

No es ninguna novedad que el poder ha tratado (y sigue intentando) torcerle el brazo a la historia para que se acomode a su gusto. De ahí que el dicho popular responda: ‘la historia la escriben los vencedores’, en otras palabras, los relatos sobre el pasado están cargados de intenciones políticas.

Valga señalar entonces que desde el siglo XIX la historia pasó de ser un oficio a consituirse en una disciplina, cuando se sistematizaron determinados principios básicos para producirla, lo que hoy llamamos el método histórico que, entre otras cosas, significa dialogar con otros investigadores que se han interesado por los mismos temas, así como acudir a las fuentes primarias, no como textos revelados sino mediante una visión crítica que devele las prácticas y los discursos del pasado.

Pero mientras los historiadores profesionales, graduados en universidades, dedican años a interpretar o reinterpretar el pasado con la mayor rigurosidad posible, surgen ‘divulgadores’ (peor aún, algunos autodenominados historiadores) que carecen de rigor metodológico, pero presentan sus relatos como ‘indagaciones’, para disimular las dinámicas comerciales, políticas e identitarias que buscan legitimar.

Estos contadores de relatos no gustan de la historia que fomenta la duda metódica y la revisión de los archivos mediante preguntas pertinentes, sino que crean un cúmulo de mitos que justifican sus propias agendas políticas o identitarias, con relatos lineales, sencillos y atractivos que banalizan la realidad, que pierde su complejidad, sus matices y sus contradicciones.

En palabras del historiador Javier Fernández Sebastián: ‘hacer historia no es recordar, es comprender’, pero comprender exige el esfuerzo de despojarse de las propias certezas y respetar la alteridad del pasado, sin proyectar en los agentes históricos las categorías mentales, los valores morales y los debates políticos del presente.

De ahí la responsabilidad de dudar de los relatos axiomáticos que separan a ‘buenos’ y ‘malos’, así como de aquellos que elucubran sobre ‘pasados alternativos’, intentando birlar los hechos históricos para acomodarlos a sus fantasías.