Los hijos del rencor

La elección de carreras con poca demanda laboral y su impacto en el desarrollo del país.

Mundial, Argentina, Antonio Rattín.

El umbral de la universidad, antaño un puente levadizo hacia la libertad financiera, se ha convertido en una pasarela de espejos rotos. Familias que apenas logran sortear el naufragio económico de cada día, empujan a sus hijos hacia un abismo disfrazado de éxito. Con una ceguera que roza la irresponsabilidad, confunden un título universitario con un salvavidas, sin comprender que están atando a su descendencia, a una piedra de molino que los hundirá en el fango de la improductividad.

Las sirenas del desencanto

Es un acto de negligencia familiar el permitir que, en hogares donde cada centavo se gana con un esfuerzo titánico, el hijo sea enviado a las tradicionales facultades de ciencias sociales donde se inyecta la dialéctica de la confrontación. Mientras las élites aseguran su supervivencia con hijos graduados en disciplinas que transforman la materia y generan valor, los estratos mayoritarios celebran, entre vítores y sacrificios, la graduación de ejércitos de “licenciados en nada”. Miles de jóvenes entrenados no para forjar el hierro, sino para diseccionar en internet sus propias carencias económicas, con un bisturí de retórica antisistema, tan afilado, que se mezcla con la sangre de la narco violencia.

Jinetes del apocalipsis digital

Esta mayoría juvenil de graduados en ciencias sociales, hijos de una esperanza mal encaminada, son un ejército que inunda el ecosistema digital, que nadan a sus anchas en ese pantano que traga y devora reputaciones en segundos. No proponen soluciones; arrojan el post de la queja sistemática disfrazada de solidaridad. Arquitectos del caos, donde cada hilo en redes sociales es un ladrillo más en el muro que nos separa del progreso. No buscan construir una carretera o salvar una industria; buscan el placer de destruir la reputación del gobernante de turno, convirtiendo la convivencia social, en una guerra de trincheras donde la victoria es la aniquilación del que piensa distinto.

La venganza de la frustración

La tragedia no es que no tengan empleo; la desventura es que han sido formados para ser verdugos de sí mismos. Al no encontrar la cena laboral que sus títulos prometían, descargan su frustración en la política, convirtiendo el servicio público en un campo de batalla donde los recursos de la ciudad se usan para destruir al adversario. Han aprendido a vender humo, seduciendo a provincias enteras para que compitan, no por el podio de la prosperidad, sino por la medalla de la miseria. Promueven el subsidio que esclaviza antes que la industria que libera.

El ascenso de los mercaderes del hambre

La contienda electoral hoy es el campo de quienes dominan la lógica de las teorías sociales, pero nada de gestión técnica de la vida real. Son los nuevos caciques del descontento, los que impulsan la revocatoria, mientras celebran la decadencia de la nación, con la certeza de que la “justicia social” se alcanzará arruinando a cada ecuatoriano por igual.

El país, preso de esta generación de expertos en la protesta viral, y con universidades llenas de nuevos profesionales de la confrontación, se muere lentamente. Las familias humildes, que soñaron con elevarse sobre un título, han condenado a sus hijos a una vida de resentimiento activo y sistemático, donde la única forma de sentirse protagonistas es dinamitando el país que, con tanto esfuerzo, los demás intentamos reconstruir. La meta final de este ariete ideológico, no es acabar con la pobreza, sino empujarnos al abismo.

Una generación saturada de filósofos del hambre, se disputarán en las próximas elecciones los restos de cada cantón y provincia, para ellos sí, salir de la pobreza.