
La obsesión por pintar de Rousseau lo llevó a desdeñar un nódulo de su pierna derecha que había sido afectada en su fugaz paso por el ejército francés. Su agravamiento le provocó la muerte. Murió pobre y marginado.
Acompañaron el cortejo fúnebre los artistas Robert Delaunay y su esposa Sonia Terk, Paul Signac, Manuel Ortiz de Zárate, el escultor Brancusi, el poeta Apollinaire y su casero y protector Armand Queval. Javier Blanco Planelles, 2004, nombra también al cura de parroquia que fue amigo del pintor.
Delaunay y el “patrono” de Rousseau, Queval, adquirieron una tumba privada para el artista un año después. En su lápida, cincelada por Bracusi, reza un poema de Apollinaire:
“Amable Rousseau tú nos escuchas/ Te saludamos/ Delaunay… y yo/ Deja pasar nuestras maletas sin registros en la puerta del cielo/ Nosotros te llevaremos pinceles colores telas/ Para que tus sagrados ocios en la luz real/ Los consagres a pintar como hiciste mi retrato/ Y la cara de las estrellas”.
El sueño, formato heroico, 204×298 cm, es la más grande de las 25 pinturas que Rousseau dedicó a la selva. La compuso tras semanas de inmersión en el Museo de Historia Natural de París y su Jardín de Plantas, donde bocetó sin pausa lo que veía e imaginaba. Nunca viajó a tierras lejanas y, sin embargo, retrató la selva como nadie.
Densidad. Desmesura. Exuberancia. Gigantescas flores de loto se yerguen desafiantes para mostrar su encanto. Exotismo, vitalidad, abundancia desbordan la escena. Lujuria natural. Inocencia. Sobre ese mundo, reina la luna, única y opulenta, suspendiendo el tiempo para iluminar los secretos del paisaje.
Ojos ardientes de felinos mirando absortos a una joven desnuda que reposa en un sofá aterciopelado, en el lado izquierdo de la tela. Ella, la amante del pintor, sueña en el flautista que, a lo lejos, interpreta una música, recuerdo y olvido. Animales, aves. Un elefante rumiando su sabiduría. Apoteosis del verde. En la franja inferior del cuadro, rosado para guiar a una serpiente en busca de alguien que desee vivir el festín de la vida. Onirismo. Exotismo. Sueño de vivir. Sueño de amar. Sueño de morir soñando.
Rousseau, exento de formación académica, sintió la necesidad de deslizar unas líneas para explicar su obra. Temía que no la comprendieran. Durante años, tanto ultrajaron su arte, al punto que el público se alejó de sus exposiciones en el Salón de los Independientes, donde presentaba su arte puntualmente cada año. Quizá por ello se vio impulsado a escribir un párrafo esclarecedor:
“Yadwigha en un bello sueño habiendo caído dulcemente,/ oía el son de una chirimía que tocaba un encantador bienintencionado./ Mientras la luna refleja en los ríos los árboles que verdean,/ las fieras serpientes escuchan las alegres tonadas del instrumento”.
Pintores, escritores, poetas se nutrieron de su particular “realismo maravilloso”, mientras la crítica fue elevando su figura hasta situarla entre las cotas más elevadas del arte moderno.
Su última obra desbrozó ese camino. Apollinaire afirmó ante ella: “La imagen irradia belleza, eso es indiscutible. Creo que nadie se reirá este año de su genio”… Su aseveración se cumplió.
Arte que exuda entereza, virtud, devoción. No en sentido místico, sino en el del arte puro. La forma debe ser extraída del caos, pero no por ello descuidar lo demás, es decir, esa misteriosa magia que emana de lo que llamamos belleza.
Yo mismo, retrato-paisaje, 1890, 145×115 cm, óleo/lienzo. El artista ocupa el primer plano de cuerpo entero. Viste de negro y usa la boina de los artistas de su época. En sus manos paleta y pincel; en la paleta grabados los nombres de sus dos esposas. Una cinta prendida en la solapa de su chaqueta con el nombramiento de profesor. Al fondo se abre el paisaje. Ingenuismo. Vuelos oníricos. Un barco con banderas del mundo. La Torre Eiffel, símbolo del tiempo que vendrá. Rojo para un sol que trata de ocultarse tras las nubes. Azules y blancos para el cielo plano. La mirada de Rousseau devela tristeza y silencio.
Su legado roza los 150 óleos registrados. A días de su muerte una de sus obras alcanzó los 32 000 dólares (millones en nuestra hora). Pero el artista partió el borde de la indigencia, herido por la incomprensión: “Todos me dicen que no pertenezco a este tiempo, entonces, a qué siglo pertenezco”…
“Huyen el lento día y la noche serena/ Mas nunca vuelven/ Los tiempos que pasaron ni el amor ni la pena/ El puente Mirabeau mira pasar el Sena// Viene la noche suena la hora/ y los días se alejan/ y aquí me dejan” (G. A.).