Guayaquil: sácate el diablo de tu corazón

Hay ciudades que terminan pareciéndose a aquello que toleran.

El alcalde de Quito, Pabel Muñoz, en entrevista con TVC.

“¿Qué te pasa, Guayaquil? Sácate el diablo del corazón” no es solo una frase provocadora, sino una invitación a reconocer el malestar sin resignarse. Sacarse el diablo del corazón también empieza en lo cotidiano: en los hogares, en la relación entre padres e hijos, entre hermanos, vecinos, compañeros de trabajo y hasta en la forma en que tratamos a los animales que dependen de nuestro cuidado. Significa reemplazar la crítica permanente por el respeto, la indiferencia por la empatía, el afecto y la capacidad de escucharse sin descalificarse.

La situación que vive Guayaquil y el país es extenuante. Jóvenes son reclutados por organizaciones criminales, el sicariato destruye vidas y afecta la economía, los secuestros generan miedo y la violencia parece ocupar cada vez más espacio en nuestra cotidianidad. Estos problemas tienen causas complejas, pero sus consecuencias son visibles en la pérdida de confianza y en el deterioro de la convivencia.

Frente a esta realidad, la respuesta no puede limitarse al temor o al pesimismo. Recuperar el civismo implica volver a valorar la honestidad, la justicia, el servicio a los demás, el respeto por la ley y la responsabilidad con la comunidad. Son principios sencillos, pero fundamentales para reconstruir la confianza y fortalecer el tejido social.

Ninguna ciudad se transforma únicamente mediante obras, controles o estrategias de seguridad. También cambia cuando sus habitantes deciden actuar con integridad, fortalecer sus vínculos y asumir que el bienestar colectivo es una tarea compartida. Quizá ese sea el verdadero desafío para Guayaquil: sacarse el diablo del corazón para recuperar la confianza, la esperanza y la convicción de que una ciudad mejor se construye todos los días, en cada hogar, en cada barrio, en cada escuela y en cada acto de respeto hacia los demás. Soy ecuatoriana y sigo creyendo que la solidaridad, la honestidad y el cuidado mutuo pueden ser más fuertes que el miedo a través de pequeños actos de respeto, solidaridad y compromiso ciudadano.