
“¿Qué te pasa, Guayaquil? Sácate el diablo del corazón” no es solo una frase provocadora, sino una invitación a reconocer el malestar sin resignarse. Sacarse el diablo del corazón también empieza en lo cotidiano: en los hogares, en la relación entre padres e hijos, entre hermanos, vecinos, compañeros de trabajo y hasta en la forma en que tratamos a los animales que dependen de nuestro cuidado. Significa reemplazar la crítica permanente por el respeto, la indiferencia por la empatía, el afecto y la capacidad de escucharse sin descalificarse.
La situación que vive Guayaquil y el país es extenuante. Jóvenes son reclutados por organizaciones criminales, el sicariato destruye vidas y afecta la economía, los secuestros generan miedo y la violencia parece ocupar cada vez más espacio en nuestra cotidianidad. Estos problemas tienen causas complejas, pero sus consecuencias son visibles en la pérdida de confianza y en el deterioro de la convivencia.
Frente a esta realidad, la respuesta no puede limitarse al temor o al pesimismo. Recuperar el civismo implica volver a valorar la honestidad, la justicia, el servicio a los demás, el respeto por la ley y la responsabilidad con la comunidad. Son principios sencillos, pero fundamentales para reconstruir la confianza y fortalecer el tejido social.
Ninguna ciudad se transforma únicamente mediante obras, controles o estrategias de seguridad. También cambia cuando sus habitantes deciden actuar con integridad, fortalecer sus vínculos y asumir que el bienestar colectivo es una tarea compartida. Quizá ese sea el verdadero desafío para Guayaquil: sacarse el diablo del corazón para recuperar la confianza, la esperanza y la convicción de que una ciudad mejor se construye todos los días, en cada hogar, en cada barrio, en cada escuela y en cada acto de respeto hacia los demás. Soy ecuatoriana y sigo creyendo que la solidaridad, la honestidad y el cuidado mutuo pueden ser más fuertes que el miedo a través de pequeños actos de respeto, solidaridad y compromiso ciudadano.